Emilio Lledó (Sevilla, 1927) es académico de la Lengua desde 1993. Recibió el premio Francisco Giner de los Ríos en el mismo acto en el que Adelaida de la Calle, rectora de la Universidad de Málaga, el premio Victoria Kent. Un instituto de Numancia de la Sagra (Soria) lleva su nombre. Y una biblioteca de Salteras, donde le gusta comer en La Resolana. Tres hijos: Alberto, Helena, Fernando. Hizo seis oposiciones a cátedra, traducidas en 36 sesiones ante los tribunales. Referente de la Filosofía y de la Ética, este trianero universal fue profesor en La Laguna de los periodistas y escritores Juan Cruz y Fernando Delgado.
-Es filósofo, pero siendo de Triana podía ser torero.
-Mis padres son de Salteras, un pueblo del Aljarafe sevillano. Mi padre era militar, estaba destinado en el Regimiento de Artillería y supongo que por eso vivíamos en Triana.
-Con permiso de Alberti, podría decir: yo nací, perdonadme, con Iberia…
-¿También tiene Iberia 86 años? Me ha gustado mucho volar, tanto que cuando hice el servicio militar, aunque estaba en Infantería, que correspondía a los de Filosofía y Letras, pedí hacer las prácticas de alférez en Logroño, donde estaba un tío mío, hermano de mi padre, profesional de la Aviación, y acompañaba a los pilotos de la base aérea de Argoncillo.
-¿Su primera muerte?
-El primer recuerdo es de una muerte colectiva. Debió ser el año 37 ó 38, mi padre estaba destinado en Vicálvaro y lo acompañé un día a Madrid. Sonaron las sirenas en la Gran Vía, no sé si eran bombas de avión o de cañón y nos refugiamos en un portal. Vi los muertos en la calle y me afectó muchísimo. Me di cuenta de que la violencia no era el camino. Ni la agresividad, que es fruto de la ignorancia, el fanatismo y el sectarismo.
-¿Su último hallazgo intelectual?
-Saber con 86 años los apellidos de don Francisco López Sancho, maestro de la República que con ocho años me enseñó a leer y a aprender con las palabras.
-¿Cómo les enseñaba?
-Nos hacía leer el Quijote.
-¿Por qué vuelven de Alemania?
-Montse, mi mujer, sacó oposiciones a cátedra de Alemán en un instituto de Valladolid y yo pedí el regreso en 1962.
-¿Coincidió con Delibes?
-Claro. Recuerdo una anécdota suya. Suspendí unas oposiciones a cátedra de Historia de la Filosofía en Valencia y aprobé las de La Laguna, en Canarias. Nuestra idea era acercarnos a Madrid, donde mi suegro era médico. Le dije a Miguel que La Laguna estaba muy lejos. "¿Muy lejos de dónde?", me respondió.
-¿En el diccionario hay palabras de élite y palabras clandestinas?
-La Academia es notaria de la realidad, no puede cambiar nada. Hemos tenido problemas con vocablos como judiada. Se van a reeditar los seis volúmenes del diccionario de Autoridades, que hicieron sin ordenadores, a papeleta pura, aquellos académicos entre 1726 y 1739. Demostraron un verdadero patriotismo. El verdadero patriotismo, no el que se utiliza de tan estúpidas maneras, es el del amor a la lengua. Ese diccionario responde al espíritu ilustrado, y había clérigos y aristócratas entre los académicos.
-¿Reconoce la paternidad en alguna palabra?
-He intentado mejorar términos relativos a la Filososofía. Me sorprendió que la primera acepción de la palabra alma en una anterior edición del diccionario fuera sustancia espiritual e inmortal. Aquellos clérigos del siglo XVIII eran menos papistas y hablaban de un principio vital.
-¿Cómo se habla en España?
-Bastante mal. Y perder la lengua es perder la vida, la inteligencia y la patria. Cuando hablan de que aprender inglés es útil, lo que hay que hacer es enseñar a leer.
-Alguien pensará que como su formación es alemana…
-Me defiendo en las dos lenguas. Estudié francés en el bachillerato y cuando lo acabé no sabía francés. Más que institutos bilingües, que son negocios de propaganda, más vale que sean monolingües y enseñen inglés.
-¿Sus hijos nacieron en Alemania?
-Tenían que haber nacido en Alemania, pero mi suegro era ginecólogo en Madrid.
-¿Cómo mantuvo su contacto con Andalucía?
-Sobre todo gracias a Fernanda, mi madrina. Estaba casada con un tío de mi padre que murió muy joven antes de la guerra. Yo fui el hijo que ella no tuvo y hasta el año que me casé venía todos los veranos a Salteras a compensar el hambre terrible de Madrid.
-Lledó en lustros. Nace en la dictadura de Primo de Rivera. Cinco años en la República. Diez en la guerra. 15 en la posguerra.
-Cuando acabé las dos licenciaturas, la de la carrera y la del servicio militar, quería irme de este país. Llegué a Alemania sin saber apenas alemán. Me casé y estuve siete años más.
-¿Y volvió?
-Sí, del 88 al 93, el año que ingreso en la Academia. A la Universisdad de Berlín.
-Vivió la caída del Muro de Berlín, del que harán 25 años el día fijado para el referendum catalán.
-Me siento andaluz, me siento español. He vivido a orillas del río Necken y del Pisuerga, a los pies del Teide y estuve once años en la Universidad de Barcelona, donde nada más llegar me compré una gramática catalana. Mi suegro nació en Figueras. Mi patria es un enorme y hermoso conglomerado. La identidad particular no me concierne en absoluto, lo contrario que la identidad democrática. Tampoco soy españolista, otra forma de nacionalismo absolutamente vacía.
-¿Había emigrantes en Alemania?
-Empezaron a llegar después a las zonas industriales. Me repugna el tópico del cachondeíllo y la pereza andaluces, que desmienten la energía, el entusiasmo y las ganas de aprender de aquellos jóvenes que llegaban con un hatillo y una maleta. Yo les daba clases de alemán en una cafetería italiana de Heidelberg y ha sido una de las experiencias más hermosas que he tenido como profesor, que han sido muchas y muy buenas.
-Nace en el 27. ¿Qué tiene de esa generación?
-Un ejemplar de Hijos de la ira de Dámaso Alonso dedicado a mi mujer, alumna suya. Me sé sonetos de ese libro de memoria.
Fuente: Diario de Sevilla