Mucho se ha hablado sobre el efecto que tienen los videojuegos sobre su usuario. Algunos detractores, alejados normalmente del conocimiento exhaustivo del sector, señalan alegremente y sin ninguna base argumental los problemas derivados de la exposición masiva a un producto como es el videojuego. Otros, menos atrevidos, propugnan campañas de no reconocimiento o de enjuiciamiento sobre los efectos – nocivos habitualmente – que imbuyen los videojuegos sobre la mayoría de los adolescentes. Todos ellos buscan algún pretexto para apuntar directamente al sector, a la industria o a todo lo que se deriva de ella bajo la afirmación fehaciente de que atentan contra la moralidad y la ética del usuario.
Se tiene que entender, por tanto, cuál es el significado de estos dos conceptos; moral y ética. Para poder así generar un marco conceptual en el que ubicarnos y del mismo modo poder extraer alguna que otra conclusión. Ética se puede entender como el valor no impuesto por el exterior y descubierto de manera interna derivado de la reflexión personal del individuo. Por tanto, está sujeto a la elección de cada uno de los individuos y no necesita de factores externos para construirse. Por el contrario, y en el mismo sentido, la moral es un preconcepto social, la práctica en sí misma. O dicho de otro modo, un conjunto de normas que actúan desde el exterior o desde el inconsciente, una motivación extrínseca a la consciencia del sujeto.
Por tanto, ¿por qué existe tanta preocupación por la influencia que pueden ejercer éstos sobre su usuario? Para poder responder es necesaria una profundización de los motivos por los que los usuarios opuestos a este sistema se sitúan bajo ese paradigma. Sin embargo, la aparente libertad con la que el jugador accede a cualquier producto parece ser el foco del problema. El adulto alejado de todo aquello que la industria ofrece se ve indefenso ante las exigencias de unos “niños” cada vez menos infantiles y que consumen por diferentes vías productos no adecuados a su edad.
Un videojuego como cualquier objeto de consumo está sujeto a la ética y la moral de su creador.
Además, el mismo está regulado por una codificación llamada PEGI, la cual regula la edad idónea de consumo de el producto y el tipo de contenido que éste incorpora. ¿Ética y moral? Sí, en el vendedor que no informa, en el adulto que no presta atención y se deja llevar por la presión social o la del gobierno que no impone leyes. La ética y moral que deriva a ser críticos con nosotros mismos y exigirnos como sociedad el ser consecuentes; responsables. Sin embargo, y al parecer, sigue siendo más fácil culpar a un objeto inerte o una industria entera que tomar cartas en el asunto y hacer una profunda reflexión sobre aquello que deben o no deben consumir nuestros seres más cercanos.
Un juego, como ya apuntaba Johan Huizinga es:
“actividad libre y ejecutada ‘como si’ y sentida como situada fuera de la vida corriente, pero que a pesar de todo, puede absorber por completo al jugador, sin que haya en ella ningún interés material ni se obtenga en ella provecho alguno, que se ejecuta dentro de un determinado tiempo y un determinado espacio; que se desarrolla en un orden sometido a reglas y que da origen a asociaciones que propenden a rodearse de misterio o a disfrazarse para destacarse del mundo habitual.”
Por lo que, y especialmente por esa inmersión completa del jugador se debe “controlar” responsablemente aquello que nuestros hijos e hijas consumen. Una responsabilidad que pasa por acercarse, por interesarse, por conocer, por experimentar, por valorar y gradar un juego que según el mismo autor ya apunta como:
“es una acción u ocupación libre, que se desarrolla dentro de unos límites temporales y espaciales determinados, según reglas absolutamente obligatorias, aunque libremente aceptadas, acción que tiene su fin en sí misma y va acompañada de un sentimiento de tensión y alegría y de la conciencia de ‘ser de otro modo’ que en la vida corriente.”
Asimismo, se torna como obligatorio que como adultos y componentes de nuestra sociedad apliquemos, ahora sí, de manera coherente y responsable los principios éticos y morales sobre el acercamiento hacia aquello que aún siendo desconocido ocupa la atención de nuestros hijos. Por tanto, no vale mirar hacia otro lado, ni tan siquiera culpar a un objeto sin vida propia para así sentir que contribuimos de manera activa a aquello que se entiende como la educación de nuestros menores.
Fuente: La Vanguardia