La ética del límite, por Enrique Pérez Romero

El ser humano ha logrado buena parte de sus sueños. Salió de la soledad y el miedo de la caverna, alcanzó la inteligencia y la autoconsciencia como elementos diferenciadores respecto a otras especies, y hoy, dos millones y medio de años después, es capaz de comunicar cualesquiera dos puntos del planeta de forma instantánea, de predecir casi todo lo que ocurre en la naturaleza y de poseer un amplio control sobre sí mismo y su entorno.

Individualmente, el hombre tiene unos límites muy precisos (en edad y en capacidades físicas y mentales), pero colectivamente ha demostrado poder superarlos siempre. Cosas imposibles en un momento de nuestra historia han sido reales años o siglos después. Podemos decir, pues, que gracias al esfuerzo colectivo, el ser humano está explorando continuamente sus propios límites.
El exponencial desarrollo tecnológico y la vertiginosa globalización nos han llevado a fronteras donde el ser humano, individualmente, ha perdido el control completo de su entorno: no podemos viajar a todos los sitios donde la tecnología nos permite, no podemos procesar toda la información que tenemos a nuestro alcance, no podemos consumir todo lo que se produce. La inteligencia artificial anuncia un hombre diferente al que hemos conocido y la mundialización anuncia un hábitat humano radicalmente distinto.
La incesante búsqueda de un edén donde quizá exista la felicidad perfecta llevó a los primeros hombres a crear las religiones, que nos aseguran que si cumplimos un determinado código llegaremos al paraíso, algo que nunca sabremos porque nadie vendrá de allí para contárnoslo. Así que se crearon los paraísos terrenales. El capitalismo vino a decirnos que una "sociedad de productores", si cumplíamos sus normas, nos llevaría a un mundo imaginado donde todos viviríamos mejor; parte del sueño se cumplió y, explorando siempre esos límites, nació la "sociedad de consumidores".
 
XMIENTRAS TANTO,x el comunismo creó su propio paraíso, la "sociedad de trabajadores" libres e iguales, sin clases sociales. Otro gran sueño cumplido parcialmente que dio lugar a algunos monstruos, que el socialismo primero y la socialdemocracia después trataron de conjurar, explorando de nuevo los límites imaginados, pero integrados finalmente en el paraíso capitalista. Hoy, socialistas, comunistas y anarquistas forman parte de esa misma "sociedad de consumidores".
Los dioses invisibles de las religiones derivaron, así, en dioses creados por los hombres: el dios Estado del comunismo y el dios Mercado del capitalismo. Dioses humanos pero, a partir de un límite, también invisibles: diluidos en la colectividad, con inercias propias, incontrolables. El derrumbe del paraíso comunista provocó el progresivo desvanecimiento del dios Estado, y el dios Mercado ha impuesto esa "sociedad de consumidores" como el verdadero paraíso en la tierra: todo podemos tenerlo. Siempre explorando los límites.
Una sociedad donde la identidad humana se define ya no por lo que un hombre puede producir, sino por lo que puede comprar. Una sociedad donde en décimas de segundo un gestor bursátil puede mover millones de euros. Una sociedad donde un país puede derrumbarse en cuestión de horas por una mala decisión económica. Una sociedad donde puede darse la paradoja de que alguien tenga lo justo para comer pero se lo gaste en un espectáculo. Una sociedad donde importa solo aquello que podemos "tener", aunque jamás podamos disfrutarlo, porque va más allá de los límites individuales de lo humano. Un sueño convertido en pesadilla.
Hagamos un sencillo cálculo con el dinero de una sola persona: Amancio Ortega, fundador de Inditex, primera fortuna de España y cuarta del mundo, 46.500 millones de euros. Con esa cantidad podrían vivir 50.000 personas desde los 25 a los 65 años con un salario mensual superior a los 1.900 euros. Siendo relevante ese dato, hay otro más relevante: ni él (que tiene 78 años), ni sus tres hijos, ni sus nietos, biznietos o tataranietos agotarán esa fortuna. Más allá de las consideraciones que habría que realizar sobre el concepto de herencia, es posible que la dinastía Ortega se acabe antes que su dinero. De nuevo, más allá de los límites del hombre.
La acumulación desmedida de capital (patológica, diría yo) es solo un ejemplo de que el desarrollo humano debe comenzar a regirse por la ética del límite. La "sociedad de consumidores" donde en teoría todo puede "tenerse" debería dar lugar a la "sociedad de vividores" –¡qué curioso que se haya impuesto el significado despectivo de esa palabra!– donde todo debe poder "vivirse". Un nuevo paraíso donde ni el Estado ni el Mercado nos impongan su fuerza invisible y absoluta. Donde nuestros dioses seamos nosotros mismos: nuestra autonomía, nuestra libertad. Donde la cooperación, como en la mayor parte de nuestra historia, marque nuestro progreso y nuestro destino.

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