Ciencia, ética y genética, por Eduardo Nabal Aragón

Cuando los puestos de cultura de la UBU y sus apéndices, sin ir más lejos, están ocupados por profanos y entrometidos y nadie dice nada. Pero esta superioridad cuasidivina es una forma de perpetuar modus operandi que ya han sido cuestionados desde diversos frentes como la antropología, el feminismo, el postfeminismo o la teoría queer. 

Los psiquiatras de Burgos, por lo general, son sencillamente lamentables, sobre todo los que ocupan cargos mas altos, rodaje mas largo o tienen aspiraciones ocultas de estrellas mediáticas. Pero su mediocridad y simpleza no les hace válidos ni para una edición de Gran Hermana. Su proximidad a la Iglesia o a Instituciones Post-franquistas siempre fue alarmante pero es que no ha cambiado mucho. Solo se ha dulcificado. Como las pastillas de colores o los chicles sin azúcar. 

Por supuesto hay gente joven y mejor informada aunque ante una situación de estafa económica a escala Europea es mejor mantener a la gente del pueblo desinformada, sin armas de defensa y hacerles caer dócilmente en divanes, telarañas legales o hacerlos callar con psicofármacos experimentales.

Los psiquiatras burgaleses tienen su guerra particular contra las drogas (sobre todo las pequeñas drogas) que es también una guerra contra los jóvenes y particularmente los que quieren articular su voz política. No olvidemos que algunas de las obras más importantes contra la violencia médica institucional fueron escritas bajo el efecto de estupefacientes no salidos de la farmacia: Alguien voló sobre el nido del cuco, Aullido, El almuerzo desnudo. Cosas que, al menos en la Castilla profunda (La Castilla de López Ibor), siguen doliendo. 
Hoy día los psiquiatras se creen modernísimos por haber enviado al limbo de los justos a los psicoanalistas y a la psicología crítica pero su soberbia y vanidad los delata cuando sostienen que la esquizofrenia tiene raíces genéticas y un poco más tarde dicen que también la provoca fumar cuatro porros, encerrando a jóvenes de dieciocho o veinte años. 

Los medicamentos cronifican las enfermedades. No hace falta leer a Foucault para saber que las divisiones entre loco/cuerdo, hombre/mujer, blanco/negro, homo/hetero fueron creadas en la modernidad de la ciencia y el surgimiento de las ciudades, el heteropatriarcado y el capitalismo feroz. Con las barbaridades cometidas en nombre de la salud se podrían llenar estanterías que no cabrían en las librerías de ninguna institución médica y que los delatarían a todos y uno de cada como instrumentos estratégicos de alienación laboral, control social y negocio farmacéutico.

Pero que importa lo que piense un enfermo o una enferma ante un dispositivo de poder saber que no teme ejercer – si lo considera necesario- la violencia ni la represión social. Algo de eso saben las personas transexuales cuando piden a gritos la despatologización y se encuentran con un silencio sepulcral. Pero la desatención en el Hospital Universitario o en la Sanidad Pública en general vuelve a desenmascarar (como en su día lo hizo el VIH) la ideología oculta de una ciencia que se presenta como benefactora e inocua sin reconocer nunca su lado jerárquico, endogámico y represivo. Como decía Ana Belén en sus buenos tiempos “Todos los tiranos se abrazan como hermanos”.

Fuente: Diario Progresista

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