Parece que las ciudades, y especialmente las de tamaño medio como la nuestra, han recogido el testigo de las regiones y en los foros internacionales cada vez se piensa más en ellas a la hora de concebir nuevos modelos de desarrollo y de dar respuesta a los problemas sociales más acuciantes: sobre todo aquellos que requieren un enfoque integrador y proyectos donde se garantice la participación de los agentes y de los ciudadanos. Se habla así de smart cities (ciudades inteligentes), ciudades eficientes, ciudades sostenibles o incluso cittaslow —por su origen italiano—, categorías que vienen haciendo referencia a los mismos códigos: un estilo de vida basado en el respeto al medio ambiente, la rehabilitación urbana y la reducción del consumo energético; el impulso a la igualdad y el bienestar común; la necesidad de apostar por la cohesión social y la lucha contra la pobreza. Un conjunto de valores que hacen pensar en territorios más confortables y accesibles, donde las personas (los niños, las mujeres los ancianos, los emprendedores, los deempleados…) forman parte de comunidades dinámicas e integradoras. En ese sentido, quizá haya llegado el momento de dar un salto cualitativo, de mayor trascendencia social, y hablar sin tapujos de Ciudades Éticas. Las Ciudades Éticas deberían convertirse en un paradigma del futuro y congregar en su seno las expectativas de la sociedad globalizada —el desarrollo tecnológico, la economía colaborativa, la red digital— junto con las aspiraciones de la gente de la calle: no es algo nuevo en la Historia de la Humanidad y a mí me recuerda esa época en que ciertos reyes visionarios enviaban naves a internarse en océanos desconocidos, mientras intentaban modernizar sus ciudades mejorando la calidad de vida de sus súbditos.
La Ciudad Ética no es solo una imagen simbólica, sino un eje de proyectos y objetivos concretos: puede ir desde la supresión de barreras y los accesos multimodales, a la creación de espacios verdes; del apoyo a startups, a los pequeños comercios tradicionales; de la excelencia en la cualificación de los recursos humanos, a la cobertura estable de los desfavorecidos.
La ventaja de hacerlo en un entorno más pequeño, donde, si se me permite la metáfora, la ciudad conoce a todos sus ciudadanos, es que el compromiso nos concierne a todos y la búsqueda de soluciones cooperativas también. Se necesita, cómo no, un liderazgo flexible y estratégico, y tener claras, al menos, las líneas rojas: la degradación de los barrios, las situaciones de exclusión, la gestión deficiente, la corrupción política. Y redactar una Carta de los Derechos de los Ciudadanos en cuyo texto debería participar una amplia representación de personas.
Fuente: Diario de León