ARNALDO Otegi se ha revuelto contra los que invocan la incapacidad de asumir el ‘suelo ético’ por la izquierda abertzale. “No hay una única ética”, se defiende anunciando que son fieles a una ética revolucionaria. No hay nada nuevo en estas manifestaciones. Hay muy poca discusión en torno a la función que desempeña la ética, que es la de determinar el criterio principal de lo que está bien y lo que está mal. Pero, hace mucho que éticas diferentes se confrontan en el mundo. También en Euskadi. El lehendakari Agirre se refirió a esta confrontación histórica calificándola en numerosas ocasiones como “una lucha ideológica gigantesca y terrible”.
Es importante resaltar el significado profundo de esta rivalidad en la dimensión de la ética, lo que cada opuesto ético representa en esta lucha. Hay, por un lado, una ética centrada en la persona, al servicio de la libertad y la dignidad de cada ser humano. Por otro, una ética utilitaria que establece que lo bueno es lo que beneficia al punto de vista y al interés de una parte, lo que históricamente se ha utilizado al servicio de una idea de poder, de clase, de raza,… o de revolución. Ahí se sitúa la ética revolucionaria. Vindicarla ahora es evocar la inhumanidad del doble criterio moral que ha aplicado el MLNV en este país.
Desde su irrupción como acontecimiento fundador del movimiento revolucionario vasco, ETA creció en ruptura con el nacionalismo vasco. Ruptura materializada en las tres dimensiones más importantes de la política: en lo democrático, en lo ideológico y en lo ético. En lo democrático, porque quebrantaron la unidad de acción en torno a las instituciones legítimas. En lo ideológico, cuando abrazaron el socialismo comunista. La tercera ruptura se produce en coherencia con una ética que ya es revolucionaria, con la decisión de combinar todas las formas de lucha, tras lo que abren camino a su larga trayectoria violenta. A partir de entonces, la norma de la relación entre las organizaciones políticas del mundo revolucionario vasco y el PNV ha sido la confrontación, siendo la colaboración de carácter esporádico.
En el opúsculo Cristianismo y democracia, Jacques Maritain esboza tres posibles escenarios de interrelación entre fuerzas humanistas y comunistas que muestran valores éticos tan contrarios, escenarios que pueden ser interesantes para entender la historia de las relaciones entre los humanistas y los revolucionarios vascos. El primero de estos sería el rechazo radical y la búsqueda de su aniquilación por la fuerza. Pero Maritain advierte que “esta actitud no está dictada por el deseo de cuidar los valores humanos y divinos que el comunismo amenaza, sino por el miedo de perder las posesiones o el prestigio de clase y es una traición a la civilización”.
El segundo escenario es dejarse arrastrar por la estrategia revolucionaria “y constituir con ellos un frente político único que ellos podrían controlar desde dentro y desde fuera o romper un día en provecho suyo, lo que equivale, si no se es víctima de ilusiones incurables, a entregar a los pueblos a su hegemonía o la discordia civil”. Maritain considera que esta actitud también es una traición, porque alimenta a los que sostienen que solo cabe la primera de las posiciones y sacrifica el futuro al sucumbir a la promisión de una victoria rápida pero fugaz.
Hay una ética centrada en la persona, al servicio de la libertad y la dignidad de cada ser humano. Por otro lado, hay una ética “revolucionaria”, utilitaria, que establece que lo bueno es lo que beneficia al punto de vista e interés de parte
El tercero es entender que, “rechazando cualquier frente político único”, “se acepte francamente la cooperación de los comunistas y su participación en la tarea común, pero conservando una autonomía completa respecto a ellos”. En un marco de cooperación y competencia, dice Maritain, dirigido al trabajo constructivo. Sin perder de vista el desarrollo de la lucha ideológica, que se verificaría contando “con que el éxito en la lucha en el bien y en la justicia y en todo esfuerzo para remediar la angustia humana… da testimonio de sí mismo y que la democracia plenamente dedicada a la justicia social y a los cambios que esta exige” puede perfectamente quitar a los revolucionarios sus pretextos y arrastrar a la causa democrática “a la mayor parte de los atraídos por el comunismo”.
Desde el nacimiento de ETA como “organización socialista revolucionaria” y bajo la espectacularidad de sus acciones, la lucha ideológica ha sido incesante. Kepa Aulestia relata el reproche social -“los vascos no matan”- que promovieron los nacionalistas vascos contra ETA a raíz de la muerte de Manzanas. No me cabe duda de que en el análisis del rumbo que debieran adquirir las relaciones de lucha y colaboración entre estas familias ético-ideológicas enfrentadas, las orientaciones humanistas de Maritain han tenido un enorme peso.
Los nacionalistas vascos se han debatido siempre en el segundo y el tercer escenarios de Maritain. Pero su conducta se ha orientado casi permanentemente hacia la colaboración y competencia entre las dos grandes corrientes en torno a la acción constructiva concreta, sin implicarse en compromisos frentistas y en continua confrontación ideológica y estratégica. Confrontación que se precipita, desde aquel primer momento de triple ruptura PNV-ETA, en los años de declinar de la dictadura.
Golpear juntos y esperar al desmoronamiento del franquismo o activar a la sociedad civil para el trabajo constructivo de crear infraestructuras al servicio de las personas, de las familias, de la nación vasca. Las vanguardias revolucionarias sostenían que hacer estas cosas podría suavizar el perfil duro del franquismo y retrasar su hundimiento. Ganó el humanismo de los que planteaban iniciativas constructivas para que avanzara el país. Iniciativas que eran además socialmente integradoras ya que movilizaron tanto a individuos próximos al mundo revolucionario como a sectores sociales no comprometidos con la resistencia e incluso contiguos a los ambientes locales del régimen.
Después de la caída del régimen dictatorial, el nacionalismo vasco ha seguido engrosando su reputación humanista con su tradicional disposición a comprometerse con el trabajo constructivo que, ahora realizado desde las instituciones y la sociedad, conlleva el progreso social del país. Y para cuantas iniciativas ha propuesto y llevado a cabo siempre ha contado con la colaboración de muchas personas que podrían identificarse con la izquierda abertzale, en los mismos tiempos en que la estrategia político-militar del mundo revolucionario buscaba obsesivamente derribar lo que se estaba construyendo.
¿Existe hoy posibilidad de colaboración entre el PNV y EH Bildu, de acuerdo con un modelo estable de alianza estratégica? La cuestión se ha abierto después del debate de política general celebrado en el Parlamento Vasco. Este hecho merece dos comentarios. El primero, que a la vez que Arraiz plantea una colaboración institucional, Otegi está clamando por la intensificación de movimientos de contrapoder político. El segundo, que si el gran escollo a reformular es el llamado “suelo ético”. tras las declaraciones de Otegi queda claro que no puede haber transacción estable -en relación al Frente Amplio que propone sobre las bases “político-ideológicas de la Herri Batasuna de 1978” (sic)- entre dos concepciones éticas e ideológicas de propósitos tan diferentes. Entre una humanista cuya centralidad es la dignidad de todas las personas y otra que gira en torno a las necesidades revolucionarias. La impresión final es que, a la hora de fijar las relaciones entre humanistas y revolucionarios, los escenarios de Maritain son ahora mismo igualmente válidos que cuando se formularon.
Fuente: DEIA