«Colocar la frontera de la tercera edad a los 65 años ya no tiene sentido»

­­—¿Se puede hoy en día envejecer tranquilamente sin disponer de recursos económicos o de un buen plan de pensiones?
—Sin disponer de recursos, envejecer tranquilamente es hoy imposible. Lo que más preocupa a los ancianos es su situación económica, su estado de salud y no quedarse al margen del mundo, solos y abandonados.
—¿Qué temática aborda en sus conferencias?
—Que la forma de envejecer cambia con los tiempos, que la vejez se construye socialmente. Parafraseando el título de una película, nuestro país no es un país para viejos, es un país para jóvenes. Habría que adoptar medidas para combatir la soledad en la que se hallan inmersas muchísimas personas mayores en nuestro país, para activarlos e integrarlos en la sociedad.
—¿Cómo?
—Estamos en un Estado de Bienestar que tiene como objetivo proteger a las personas más vulnerables acometiendo políticas públicas. Pues bien, que se lleven a cabo. También en el campo de la salud la sanidad pública tendría que cambiar un poco su forma de actuar. Que tomara conciencia de que ser mayor no es un sinónimo de estar enfermo y, por otra parte, inculcar a los mayores que la vida tiene un límite. Los mayores necesitan ser cuidados de otra manera. Por último, también sería importante educar a la gente para afrontar la vejez. En la mayoría de los ancianos, tener cultura les ayuda a llevar mejor la última etapa de su vida. Seguir disfrutando con la lectura de un libro o con la visión de una película.
—¿Qué le parece la idea de usar empresas privadas para atender sanitariamente a los ancianos en sus domicilios y ahorrar costes a la sanidad pública?
—Que no rechazaría tener a los ancianos en casa, una opción que muchos de ellos preferirían a estar ingresados en un hospital de agudos. Respecto a la gestión privada de esta hospitalización domiciliaria, tampoco me parece mal si esta medida permite sostener la protección social. La privatización no me parece una cosa preocupante siempre y cuando haya un control por parte de las autoridades públicas.
—¿Envejecer en tiempos de crisis es sinónimo de alargar tu vida laboral más allá de la edad de jubilación?
—Bueno, al incrementarse las expectativas de vida se puede decir que nos hacemos viejos más tarde.
Poner la frontera de la tercera edad a los 65 años ya no tiene sentido. Esto, por un lado. Por otro,
tampoco es adecuado imponer fronteras y límites inflexibles. La edad en la que uno quiera jubilarse debería estar más abierta, debería haber más flexibilidad en el mercado laboral. Por ejemplo, en la universidad nos jubilamos a los 70 años. Yo ya lo estoy, aunque a mis 72 años me siento muy activa porque siempre me he dedicado a lo que me gustaba.
—¿Qué opina de una sociedad que forma a sus jóvenes y luego permite que se vayan a trabajar fuera?
—Esto es una incoherencia, algo que no deberíamos permitirnos. Estamos invirtiendo en algo que no retornará. Por no decir que también es una situación muy frustrante para los jóvenes. Una buena prueba de ello es que hoy en día hay muy pocos que opten por las carreras técnicas más dificultosas, con el consiguiente empobrecimiento del país.
—¿Está bien planteada la democracia en este país? ¿Ha de estar la Constitución por encima de ella?
—Este no es un buen planteamiento. Una democracia es un estado de Derecho que se rige por el imperio de la Ley y la principal ley es la Constitución. Y la ley hay que cumplirla.
—O sea, no es partidaria de convocar una consulta soberanista en Cataluña…
—Creo que en estos momentos no es factible porque no hay voluntad de autorizarla por parte del Gobierno español. De otro lado, los partidos catalanes más partidarios de ella no se ponen de acuerdo sobre cómo formularla. Si fuéramos canadienses o británicos, quizá sí podríamos avanzar en este terreno.
—¿Qué nos diferencia de ellos?
—Fundamentalmente, carácter y cultura democrática.
—¿Evitarían las listas abiertas tantos casos de corrupción?
—Creo que la corrupción es algo endémico a la condición humana y para evitarla habría que buscar otras maneras de financiar a los partidos políticos. Las listas abiertas evitarían que la gente tuviera que votar obligatoriamente a un político corrupto.
—¿No habría que castigar más ejemplarmente también al que corrompe?
—Tan culpable es uno como el otro, pero es el político el que tiene el mandato de la sociedad que le ha votado. Creo que los políticos han renunciado a su responsabilidad personal frente a la corrupción. Sólo asumen su responsabilidad penal cuando se consigue demostrarla ante los tribunales, que no siempre es fácil. Se debería excluir a los imputados de la política activa y rehabilitarlos si finalmente se demostrase su inocencia, que pudiesen retomar su actividad con normalidad.
—Como catedrática, ¿qué recrimina a la Universidad?
—Que a veces los profesores hemos puesto nuestros intereses sobre los de los alumnos. Por ejemplo, en el cambio a Bolonia. Aquí se optó por carreras de cuatro años en lugar de apostar por el modelo americano de un grado de tres y un postgrado de dos años para los alumnos con más vocación. La Universidad está muy masificada y no todos los alumnos tienen vocación de ser doctores.
 

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