Comencemos por la ética, que es seguramente lo que más debería importarnos en este momento. Es bien sabido que los funerales sirven, entre otras cosas, para cubrir al fallecido de los elogios que o no se merece o nunca se le reconocieron en vida.
Suelen ser esos eventos en la mayoría de los casos monumentos claros de hipocresía: lo vimos en la despedida del primer presidente de la Suráfrica post-apartheid, cuando dirigentes de países que en los años más difíciles le habían tachado de terrorista e incluso habían ayudado a combatirle, se deshicieron de pronto en alabanzas a su figura. A burro muerto, la cebada al rabo.
Hemos vuelto a ser testigos ahora de algo parecido en el adiós al primer presidente de la democracia española, cuando personajes de todo pelaje que le ningunearon en vida y maniobraron todo lo que pudieron, y fue mucho, para desestabilizarle y finalmente descabalgarle del poder, le elevaron casi a los altares.
¿No resulta además bochornoso que un expresidente de la Conferencia Episcopal, por muy arzobispo de Madrid que siga siendo, se permita en el funeral del hombre que más contribuyó a la reconciliación de los españoles lanzar ahora, lobo apenas disfrazado de cordero, inoportunas advertencias sobre el peligro de una nueva guerra civil?
El bajo nivel de la representación extranjera, por otro lado, cuando se trata de honrar la memoria del primer político de la democracia tras casi cuarenta años de dictadura –que entonces llamaban «paz»– ¿no es indicativo de lo poco que pinta este país en Europa y el mundo y lo deficiente de su diplomacia?
¿No resulta además chusco que Estados Unidos envíe como representante a su jefe de la Armada como si el Gobierno de aquel país aliado considerase a España sólo su portaaviones en el Mediterráneo?
Y para terminar, la estética: el marco de este último funeral de Estado no podía ser de gusto más dudoso: un templo de pomposo nombre –Catedral de Santa María la Real de la Almudena–, híbrida y más que insípida arquitectura y con unas pinturas y unos frescos en su interior que cabe calificar de «chabacanos». Un templo muy acorde con el peor gusto del franquismo aunque comenzase a construirse mucho antes.