“La superstición del progreso es el veneno que corroe nuestro tiempo.” Simone Weil.
“Ahora sólo un día podrá salvarnos.” Hedegger.
“Ahora sólo un día podrá salvarnos.” Hedegger.
Mi ética no es antropocéntrica, sino ecocéntreca. Y ésta, al final, repercute en el bien del hombre. El antropocentrismo considera que todo está a nuestro servicio y que somos dueños y señores de la naturaleza y de los más débiles. Sagrado no hay nada, todo es natural. Ahora bien, podemos considerar sagrado desde un insecto hasta el hombre.
Ahí reside el ecocentrismo, en considerar que el hombre es un ser más de la naturaleza, con la misma importancia que cualquier ser. Es una forma de sacralizar la vida para respetarla, pero con una base científica. Formamos un sistema, si el sistema (la ecosfera) se desordena se reordenará, pero sin nosotros. Todo lo que le hagamos a la ecosfera y nos hagamos a nosotros mismos (la venganza, por ejemplo, crea el estado de guerra permanente y del miedo perpetuo) vuelve sobre nosotros en forma de exterminio.
Esto que digo es cultural. El hombre no es violento naturalmente, sino culturalmente. El hombre es agresivo por naturaleza y, como tal, su agresividad se manifiesta en su instinto de supervivencia, tanto defensivamente, como ofensivamente matando para comer. Desde el punto de vista ético no se puede justificar la violencia: desde una ética universal. Ahora bien, desde el derecho sí se puede justificar, por ello hay atenuantes y eximentes, incluso. Pero ética y derecho, aunque tienen mucho en común no son lo mismo. Si existe la ética de la compasión es porque sabemos que nuestra civilización es violenta y nuestra naturaleza agresiva, pero también sabemos que nuestra naturaleza es sociable y nuestra cultura solidaria.
La compasión es, simplemente, una opción ética para la humanidad. No es ninguna obligación, porque no entra dentro del derecho, sino de la posibilidad de hacernos mejores individual y colectivamente. La compasión es un proyecto ético para sacarnos de nuestra actitud natural que es la venganza, ni siquiera el derecho puede hacer esto. El derecho (las leyes) las hemos inventado a lo largo de la historia (inspirándonos en la ética) para evitar la venganza. Es decir: la guerra de todos contra todos. Sin compasión, basada en la empatía natural del hombre, caemos en donde estamos, en un estado de guerra perpetua. El capitalismo es la expresión máxima de la venganza y la competitividad, en la que el otro no existe.
El capitalismo nos ha llevado al colapso civilizatorio, pero todos hemos sido conniventes porque no lo hemos parado a tiempo. La única salvación para la especie humana, no para la civilización, esto ya es tarde, hemos firmado nuestra sentencia de muerte, es la compasión. Nos queda por aprender la lección de Buda sobre la compasión, la parábola del buen samaritano y del hijo pródigo de la ética evangélica, la frase de Sócrates: “es mejor padecer una injusticia que cometerla”, la fraternidad universal de los estoicos: “hombre soy y nada de lo humano me es ajeno”, la ética de Spinoza que se basa en que sólo existe una naturaleza o substancia: la res infinita de la cual somos parte indiferenciada, sólo nuestra percepción nos diferencia.
La substancia es una, el universo es uno: “Deus sive natura, natura sive deus”. Por eso en la inocencia del niño: identificación entre el yo y el otro y entre el yo y la naturaleza está “el reino de los cielos”, la salvación: es decir, la paz y la serenidad en el sentimiento de unidad. Y, por eso se nos dice en la ética evangélica: “Hasta que no seáis como uno de estos no entraréis en el reino de los cielos” y; por ello, en las antípodas, El anticristo de Nietzsche, en “Así habló Zaratustra habla de las tres transformaciones del hombre: primero es camello y soporta todo el peso de la moralidad, es un resignado y, peor, un resentido, luego toma conciencia de la injusticia, de la gran mentira y el gran engaño de la humanidad que ha durado siglos y dice: no. Entonces se transforma en león. Es la negación de la mentira, la denuncia, desenmascarar, filosofar a martillazos, es el filósofo convertido en dinamita. Pero aún no está en paz, falta la última transformación. Que el león se convierta en niño, en la inocencia. El niño es el creador. El niño crea el mundo a medida que juega porque le va dando sus propias leyes, es un artista. La inocencia, la paz y la serenidad. El juego.
Fuente: Extremadura Progresista