Debate bioético

La experimentación científica siempre se ha topado con resistencias. Hay motivos para recelar, pero quien lo hace lo está haciendo o bien desde el miedo y la ignorancia, dos socios que suelen trabajar juntos, o bien desde una justificada cautela. Como siempre, depende del uso. Del abuso. Se suele enfrentar la ética con la ciencia, como si ésta última estuviera formada por sujetos altamente irresponsables o peligrosos. Pero hemos llegado a un punto en que la mayoría de científicos ya ha incorporado a su trabajo la vertiente ética. No hay razón para que estén disociadas. De ahí que sea muy necesaria la unión de disciplinas y dejar de lado aquella vieja y decrépita confrontación entre letras y ciencias, como si fuesen naturalmente dos sectores enemigos. Los creyentes más recalcitrantes y temerosos ya han puesto el grito en el cielo ante la posibilidad de experimentar con células embrionarias, sin percatarse de que se trata de un avance que puede curar o prevenir dolencias graves. Es cierto que la ciencia no tiene todas las respuestas, pero hay que reconocer y resaltar el esfuerzo que los miembros, casi todos ellos sin brillo mediático, están haciendo a favor del bienestar humano. Parece obvio, y lo es, pero hay que subrayarlo de vez en cuando. Enumerar los avances y logros sería muy cansino. El peligro es consustancial a la especie humana, como los periodos de crisis lo son a las sociedades y a la economía. Por tanto, cualquier empresa de altos vuelos lleva consigo un peligro incorporado. Sin embargo, el factor ético es fundamental como sostén y alerta, como observador que vigila posibles desmanes o aberraciones. Allá cada cual con sus mitos y leyendas, supersticiones y miedos colectivos o personales, pero lo que no se puede discutir es que la investigación científica está obligada, incluso moralmente, a seguir intentando abrir cauces. No a cualquier precio. Y en este caso, nos estamos refiriendo a investigaciones cuyo fin es estrictamente terapéutico y de muy hondo calado. Uno no acaba de ver clara esta confrontación entre ética y ciencia. La ética no es religión. Esta equivalencia no funciona, pues es falsa. La ética, por decirlo de algún modo, estaría situada a medio camino entre la ciencia y la religión. Ahora bien, el científico puro, carente de cualquier consideración ética cae en el terreno de lo amoral y, por tanto, no dejaría de ser un creyente ciego, aunque en el lado opuesto al creyente religioso.

 

El asunto es más delicado y sutil, pues se está hablando de trabajar con células madre, con lo cual sería innecesario la destrucción del embrión. Sin embargo, hay una corriente que apuesta por la manipulación del embrión dada su potencialidad altamente curativa. Por supuesto, estamos navegando entre dos aguas, y apostar por una u otra opción no debería ser fruto de tomar partido ideológico. Más que simple, sería simplista. Ya sabemos que las ideologías y las creencias pueden ser un lastre para el avance científico, pero también pueden precipitarnos a la barbarie. El debate es más serio que cualquier artículo. Ojalá, cantaba Serrat, que la ciencia fuese neutral. Si la creencia religiosa es todo menos neutral, tampoco hay que caer en la creencia contraria: pensar que la ciencia siempre es neutral, aunque su ambiente sea sin duda más aséptico que el ámbito religioso. Se trata, como suele ocurrir, de no establecer absurdas confrontaciones o simplones partidos de fútbol entre eternos rivales. La ciencia tiene que trabajar con la ética y viceversa, pues ambas son esencialmente humanas. Insertar a Dios en este terreno puede ser contraproducente. Sin embargo, en una sociedad sana todas las voces tienen que estar presentes. Marcelo Palacios, fundador de la Sociedad Internacional de Bioética, afirmó hace unos días: "La corriente mundial, en general, se opone a la creación de nucleóvulos con fines reproductores. Es éticamente inaceptable, pero no veo ningún problema si el fin de estos procesos es la investigación para el desarrollo de nuevas terapias." A raíz de estas declaraciones, no queda claro el porqué de su inaceptabilidad ética si el objetivo es descubrir nuevas terapias, en definitiva, un bien para el ser humano. En este caso, este tipo de investigaciones serían, al contrario, de un alto contenido ético dada su bondad. De nuevo, la confusión peligrosa entre ética y religión. En cualquier caso, hay aquí un debate e, insisto, es muy fácil caer en la simplificación. Se trataría de potenciar las virtudes regenerativas y curativas del exprimento y de evitar su aspecto más perverso, el mero placer de experimentar por experimentar o de clonar seres humanos con objetivos turbios, más que nada porque nos gusta ser únicos e irrepetibles. De buenas a primeras, nos repugna hablar de destrucción del embrión. Sin embargo, si de esa manipulación dependiera nuestra vida, igual nos lo pensamos con más detenimiento a la hora de emitir juicios sumarios.

Fuente: http://www.diariodemallorca.es/opinion/2013/05/25/debate-bioetico/848121.html

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