Leí con mucho interés y mayor decepción la crónica sobre la fiesta de graduación de los estudiantes de Economía y Empresa de la Universidad de Oviedo. La catarata de declaraciones de los egresados es una mezcla de idealismo piadoso y de socialismo rancio. Que me perdonen, porque era su día, pero, ya se sabe, hay que ser más amigo de la verdad que incluso de los deudos más entrañables.
Por un lado, apelan a la ética individual -un pleonasmo: la ética siempre es individual, frente a la moral, que es colectiva-; por otro, repiten el mantra de Vigil sobre la crisis positiva, insistiendo en las oportunidades que ofrece todo mal trago -menudo chollu- y, en todo caso, arremeten contra el austericidio, que, así expresado, es de evidente maldad, pero puede ser peor aún lo que había antes y lo que volverá si se relaja el control, aunque de eso, ni mu.
Defienden los dos grandes búnkeres de la izquierda, la sanidad y la enseñanza públicas -si fuesen privadas nos costarían a todos la mitad y darían un servicio el doble mejor-, y sentencian que «esto es una cuestión de responsabilidad individual». ¿Qué quieren decir? Es como el lema de los pacifistas: «Hay que tirar las armas». Bien, vale, el problema es que las cogerían otros. Por muy responsable que sea uno, si el de al lado es un irresponsable, poco se avanza. Y si se quiere que todo el mundo sea responsable, hay que explicar cómo se consigue. En todo caso, entonces, sería una cuestión de responsabilidad colectiva o social o global… todo menos individual.
Bien mirado, lo que menos me gustó es lo que no dijeron. Ni un apunte sobre los disparatados impuestos que estamos padeciendo. Son hijos de sus profesores, socialdemócratas incluso los que parecen de derechas, y capitaneados por los Monty Python, esos sabios que asesoran, ¡sin cobrar!, al Principado. Qué graciosos.
Y ni siquiera un suspiro a favor del libre mercado. Jóvenes amigos, para lo que proponéis ya tenemos a Vigón.