Donostia 2016. Cultura ética y pacificación.

En la programación propuesta para desarrollar los contenidos propios de la capitalidad cultural europea Donostia 2016, se parte de un proyecto que lleva por título Tratado de paz, siendo su propósito el de indagar y presentar exposiciones, talleres y encuentros, “en un tema esencial en el mapa de nuestros valores, la paz, y que encuentra perfecta coherencia con el lema y leitmotiv del proyecto de su misma concepción: cultura para la convivencia”
 
Todo ello puede leerse en la página www.dss2016.eu, donde se informa de diversas iniciativas a desarrollar para abordar “las cuestiones relacionadas con la paz, o su reverso, la guerra y las múltiples formas de violencia (…) también desde la potencia de las imágenes artísticas”. Y en un documento relativo a uno de los programas ya en curso se hace referencia a la necesidad de afrontar los retos que nos plantea la convivencia sobre fundamentos éticos y democráticos solventes y compartidos, partiendo del respeto a la dignidad de la persona. Está claro que se quiere plantear en clave cultural, la cuestión del suelo ético.
 
Somos seres sociales. Nacemos para vivir en sociedad. Pero las personas estamos obligadas a cultivar nuestras relaciones sociales. El éxito de estas depende de los modos de sentir, pensar y comportarse que cultive cada persona a través de la socialización y la educación. Es el proceso que constituye a cada ser humano en sujeto consciente y responsable de su vivir, que necesariamente es convivir, satisfaciendo sus diferentes necesidades tanto económicas, afectivas, intelectuales como morales. Convivir siendo libres no es posible sin compartir una ética cuya observancia evite la mutua destrucción y garantice el ejercicio de la libertad. El cultivo compartido de esa ética es lo que genera la necesidad del suelo ético común.
 
Una de las razones por las que no prospera el acuerdo sobre los contenidos del suelo ético común es porque su debate está sobredeterminado por la confrontación política. Por ello mismo, la capitalidad cultural europea en Donostia 2016, centrada en la cultura para la convivencia, debe servir para plantear el debate sobre las bases éticas compartidas desde más aspectos que el estrictamente político o militar. Es verdad que para convivir en libertad y a la vez en paz, debe evitarse que nadie ejerza violencia ilegítima alguna contra personas o grupos de la comunidad. Pero ello no basta. Una ética democrática compartida exige desarrollar otras dimensiones más allá del ámbito estrictamente político. La libertad política de poco sirve si no favorece su ejercicio democrático, producir riqueza y distribuirla solidariamente, así como desarrollar la identidad personal y comunitaria en lo que se refiere a lenguas, convicciones, creencias y tradiciones. Una cultura ética que abarque todas estas dimensiones no es posible instaurarla y desarrollarla solamente desde el poder político. Su cultivo debe alimentarse también desde la familia, la educación, la vecindad, el grupo de amigos, el juego, los deportes, el trabajo, los procesos de aprendizaje informales, etc. No se trata de minusvalorar la responsabilidad de lo político y de las políticas, sino de evitar su monopolio. Para que el suelo ético común afecte positivamente a las diferentes dimensiones de la existencia humana, (salud, trabajo, identidad, razón, emoción, arte, trascendencia, …) es preciso que en el debate sobre sus contenidos se tengan en cuenta todas ellas, pues la persona siempre es una realidad compleja.
 
Por todas estas razones, la reflexión cultural y constructiva del proceso vasco y europeo para consolidar su convivencia, que propone Donostia 2016 como leitmotiv de su capitalidad cultural, debe servir para reforzar el múltiple compromiso de toda la ciudadanía afectada por este reto. Profundizar y enriquecer la convivencia no es posible limitando su debate a la sede parlamentaria, a exposiciones artísticas o a referencias históricas de guerra y paz vividas por nuestro pueblo y por toda Europa.
 
Es preciso ampliar y profundizar su alcance desde otros ámbitos a los que se ha hecho referencia. Donostia 2016 debe ser un lugar de encuentro, acogida, confraternización, amistad y expresión cultural. Todo ello fundamentado en unos valores éticos que aportan un valor cualitativo a esta manifestación cultural. Sin esta aportación ética, no hay verdadera convivencia pacífica. En estos momentos en los que el número de visitantes se ha multiplicado con unas expectativas inmejorables, la capitalidad Donostia 2016 nos exige a todos un compromiso ilusionante: ofrecer, además de unos servicios materiales óptimos, unos valores éticos básicos y ejemplares. Así es como una ciudad y un pueblo ofrecen lo mejor de sí mismos a los demás. Un hermoso reto.
 

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