El abordaje del sufrimiento: crónica de un encuentro

Tras la intervención inaugural del Decano, Xabier Etxague, que destacó el interés de este seminario para las cuatro titulaciones de la Facultad (filosofía, antropología, pedagogía y educación social), Antonio Casado presentó algunas novedades de esta edición, subrayando su carácter interdisciplinar, plurilingüe y participativo.
 
A continuación tomó la palabra Koldo Martinez, presidente de la Asociación de Bioética Fundamental y Clínica, para presentar en la primera ponencia el abordaje del sufrimiento desde la bioética (con la salvedad de que hay muchas bioéticas, al menos tantas como teorías éticas) a partir de su experiencia profesional pero también personal.
 
El sufrimiento es un fenómeno universal, consustancial a la existencia humana en la medida en que nunca satisfacemos todas nuestras necesidades o deseos, pero no es lo mismo sufrimiento y dolor. Ambos son fenómenos subjetivos y con un componente lingüístico, porque tanto el sufrimiento como el dolor son signos interpretados por la persona que los sufre y su entorno.
 
El sufrimiento se presenta cuando el dolor está fuera de control, nos abruma, cuando es de origen y duración desconocidos, o le atribuimos un significado sombrío o de amenaza. No se puede actuar bien cuando se sufre (“en tiempos de aflicción no hacer mudanza”), porque el sufrimiento nos cambia. Son notorios los cambios en estilo de vida tras experiencias de sufrimiento: el sufrimiento marca una frontera entre el antes y el después.
 
Vencer al sufrimiento no equivale a eliminarlo, sino a interpretarlo desde fuera de los límites de la experiencia del sufrimiento. La curación del sufrimiento es la experiencia de trascenderlo, recuperando la integridad como persona, hacia una mayor totalidad o integridad. La comprensión de los fenómenos humanos implica un proceso interpretativo permanente, que nos lleva a la fusión de horizontes (Charles Taylor) como método para paliar el sufrimiento.
 
Koldo Martinez distinguió entre 3 causas del sufrimiento (autoabandono; aislamiento; pérdida de significado), a lo que contrapuso 3 respuestas (escucha reflexiva; validación de lo que dice el otro; presencia silenciosa, generalmente más eficaz que limitarse a decir “tranquilo”) y 3 estrategias (ayudar a crear un espacio de cuidado seguro; expresar afecto incondicional; compartir historias).
En su comentario, Antonio Casado recordó la definición de sufrimiento según Chapman y Gravin (1993): “un estado cognitivo y afectivo, complejo y negativo, caracterizado por la sensación que experimenta la persona de encontrarse amenazada en su integridad, por el sentimiento de impotencia para hacer frente a esta amenaza y por el agotamiento de los recursos personales y psicosociales que le permitirían afrontarla”. Y lo contrastó con un artículo (Morse 2001) que propone una teoría que distingue entre sufrimiento como liberación emocional y aguante como supresión emocional. La compleja dinámica entre aguante y sufrimiento, como la establecida entre aceptación y lucha, denota la pluralidad de respuestas al sufrimiento, que en general se ha concebido como una pérdida, pero para algunos es considerado como una oportunidad para poner en marcha estrategias narrativas deconstruyendo/reconstruyendo el sentido de la propia existencia, no como algo dado externamente, sino en esa búsqueda permanente mencionada por Taylor, en relación a un fondo de interpretación u horizontes de significado (que son comunales y culturales).
 
En la segunda ponencia, Eevi E. Beck (profesora de Educación y TIC, Universidad de Oslo), desarrolló el tema del sufrimiento en el entorno académico o educativo. Su punto de partida es que para entendernos hemos de entender la cultura de la que somos parte (y viceversa). Es útil una perspectiva externa al mundo educativo. En su experiencia, la  cultura académica (en Escandinavia y países angloamericanos) crea y defiende la separación de campos y objetos de estudio, fomentando la colaboración pero también la separación entre colegas (competencia por trabajos, reconocimiento, prestigio). Apenas se celebra lo pequeño, feliz o cotidiano; valora logros intelectuales, no otros aspectos, y genera cuerpos y familias cansadas.
 
A continuación, Eevi Beck proporcionó algunas notas sobre el sufrimiento desde el punto de vista del budismo, que entiende no como una religión o sistema de creencias, sino como una filosofía con la que experimentar en nuestras propias vidas y ver si funciona. La teoría siempre está subordinada a la práctica (no preguntarse “¿esta teoría es válida en todos los casos?” sino “¿ayuda a paliar el sufrimiento?) y no dudaría en descartar el budismo si no resultase útil. Teniendo en cuenta dos ideas centrales en el budismo (“todo cambia”, y “todo está conectado”), Beck definió el  sufrimiento como el resultado de intentar hacer que las cosas sean de una determinada manera (aferrarse a ideas, prejuicios, hábitos). Adaptando el clásico ejemplo de “la doble flecha”, describió el dolor como la experiencia real, fisiológica, y el sufrimiento como aquello que añado al dolor: remordimiento (sobre el pasado), preocupación (sobre el futuro), culpa (separación). Un segundo ejemplo procede del libro sobre de Parker Palmer, en el que nos cuenta su encuentro con un estudiante completamente desmotivado (“el estudiante infernal”: Palmer 2007:43-).
Transmitimos nuestro sufrimiento a otros cuando creemos que uno puede vivir aparte y  ser feliz cuando los demás no lo son (tanto aquellos a quienes quiero, como mis “enemigos”, o vecinos, estudiantes, colegas administrativos y científicos, etc.) Para evitarlo hemos de fortalecer el no-sufrimiento en el trabajo mediante los siguientes pasos: reconocer nuestro propio sufrimiento, ver que somos parte de una comunidad, y fortalecerla alimentando lo que es bueno en nosotros y en los otros. Para ello hace falta una clase de valor (the courage of the heart) que nos permita enfrentarnos a nuestro propio sufrimiento (preocupaciones, nervios, irritación, etc), confiar y apoyarnos mutuamente. Así podemos lograr fuerza para ser más libres y disfrutar más el trabajo, así como un sentido de los límites con los que trabajamos y sus efectos sobre la clase de pretensiones que tienen los artículos científicos y académicos.
En su comentario, Miriam Kyselo aludió a su propia experiencia de sufrimiento en la redacción de la tesis doctoral (culpa, ansiedad, aislamiento) y se preguntó por aquello que nos hace ser humanos. A su juicio, la existencia humana es esencialmente social y contiene dos dimensiones: una lucha por el reconocimiento y la conexión con otros, por un lado, y el deseo de ser un individuo distinto y separado, por el otro. Hay una dialéctica, un movimiento entre la individualidad y la conexión con otros, y hay que buscar cierto equilibrio entre esos componentes, para lo cual nos hace falta la ayuda de otros, reconocer esa dimensión social a la hora de abordar la aceptación que conduce al alivio del sufrimiento.
 
Finalmente, Pio Perez (UPV/EHU) presentó un estudio de caso realizado sobre la familia del bertsolari Joxe Zapirain y su “via crucis” durante y tras la guerra civil, tras el encarcelamiento y fusilamiento de sus hijos. Su punto de partida es la pregunta acerca de cómo se puede cantar en una situación de sufrimiento así. Su acercamiento contrarresta así una tendencia entre los científicos sociales que han puesto más interés en describir aspectos técnicos e históricos de los conflictos que en mostrar el sufrimiento generado por ellos (Nordstrom y Robben). En su comentario, Sabino Ormazabal aportó datos complementarios sobre el sufrimiento en Euskal Herria desde la posguerra hasta nuestros días, invitándonos a situar en esa línea del tiempo las propias experiencias, y poniendo en  común cómo lo ha vivido cada cuál, buscando la creación de un relato compartido de los hechos (sobre el cual habrá diferentes interpretaciones, diferentes verdades).
 
Fuente: ehu.es

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