Afirma Peter Singer que si una persona no se beneficia de estar viva puede elegir la muerte, entendiendo que su vida es, simplemente, un “despilfarro”. Varias cuestiones se esconden en tan inquietante proclama. En primer término se encuentra el hecho de que la afirmación de Singer nos remite directamente a la pregunta por el beneficio de estar vivo. ¿Cuál es este beneficio? Pegunta compleja entre otras cosas porque todo intento de respuesta dependerá de situaciones particulares, históricas y culturales. Sin embargo la dificultad principal no se ubica tanto en la complejidad de la respuesta como en la injusticia de la pregunta. ¿Es la palabra “beneficio” adecuada para conceptualizar la vida? ¿Qué valores y sentidos suponemos cuando forzamos a la dispersión de la vida a encajar en categorías tales como “beneficio” y “despilfarro”? Categorías que tienen una carga económica explícita, en tanto remiten al buen o mal uso de los recursos y por lo tanto al aumento o disminución de las ganancias. ¿Qué implica entonces elegir aprehender la vida a partir de una constelación conceptual que nos ancla a un aparato de producción que hace de la maximización de las ganancias el sentido excluyente de lo útil y lo digno? La vida que merece ser vivida, aquella que se disfruta como un bien a ser exhibido, es la que sirve para alimentar el mercado. La bioética muestra entonces su sesgo ideológico cuando legitima decisiones por el simple hecho de prescribir un curso de acción que se jacta de reducir la carga monetaria para la familia o para el Estado.
Sin embargo, la relación entre prácticas y conceptos no es nunca tan lineal como parece. Ocurre que la bioética estándar o “heredada”, esa que nos ofrece catálogos de preguntas y opciones predeterminadas de respuestas, no siempre considera carga familiar o pública al gasto que representan, por ejemplo, las nuevas tecnologías reproductivas, las cirugías rejuvenecedoras o la preservación en bancos privados de células de cordón umbilical. No me refiero por supuesto a las técnicas de fertilización asistida indicadas por causas médicas, a las cirugías reparadoras o a los bancos públicos de células madre, sino a procedimientos que se basan en un individualismo extremo y por lo tanto atentan contra valores de justicia y solidaridad. Esos valores que, en ocasiones, la bioética trae a escena de modo tramposo, a la hora de legitimar la muerte de quienes ya no responden a la estética de la vida útil, la vida feliz, la vida que nos satisface tener y ver.
Silvia Rivera
EXPERTA EN BIOETICA. PROFESORA DE LA UBA