Uno de los placeres más cándidos y al mismo tiempo reconfortantes que proporciona la vida en sociedad es el hecho, casi siempre a punto, de poder bajarte del burro de manera más o menos decorosa y renunciar. Antes de que se instalaran por todas partes los gurús de la tecnología, esa raza pesadísima, incapaz de distinguir entre el medio y la finalidad, la opción se abría incluso en lo que respecta a las redes sociales. No estar en Facebook ni en Twitter es un raro privilegio y un motivo doméstico de fruición, casi como calzarte a diario las babuchas y fumar un cigarrillo mientras la visita abandona la casa para no volver. Y más cuando ocurren salvajadas como la de León, que ha sido comentada de un modo tan pertinaz que hasta uno, desesperadamente torpe y ludita, podría hacer su antología personal. Una amiga y paisana sostiene que la informática nunca debió llegar a los pueblos y pone como ejemplo el día en que el ayuntamiento inauguró en su tierra la web municipal. En menos de dos horas, el servidor, abierto al público, se pobló de subdivisiones espontáneas que invitaban a participar. En concreto, en tres categorías: tontos, putas y maricones, que es de lo que quiere hablar la gente por el ordenador. Sin ánimo de desmerecer sus abultadas conquistas, lo cierto es que las redes sociales han conseguido banalizar la vida y trasladar enérgicamente la lógica de la verbena al mundo virtual. A nivel sociológico, es un espléndido cristalizador; te hace ver, incluso en lontananza, que hay gente que en realidad resulta mucho más idiota de lo que aparenta. De todo lo que se ha escrito sobre Isabel Carrasco me quedo con el intento furibundo de izquierdistas y conservadores de darle al asesinato una dimensión política. De aquí a nada, como nos despistemos, vamos a llegar a afirmar que lo de Puerto Urraco fue también culpa del 15M y de la Guerra Civil. El comportamiento de algunos ha sido bochornoso, relacionando hasta los escraches con una barbaridad, como si hubiese una línea recta entre la protesta y el tiro a bocarrajo. Lo triste es que nada de esto es casual; se aprovecha una balacera terrible para criminalizar la protesta y deslizar de fondo la necesidad de encorsetar al ciudadano. Cinismo arrabalero. Sin gracia. Atroz.