Los políticos dicen que todo en la vida es política. Y una base fundamental de la política es la ética. Sin ética, la acción política es la práctica de una gestión para un aprovechamiento individual o de un colectivo concreto, pero no es un servicio a la comunidad. Si observamos la actividad diaria, realmente la política, de alguna u otra forma, interviene en todos o en la gran mayoría de nuestros actos.
Por esta razón las expresiones «soy apolítico/a» o «no entiendo de política» no responden a la realidad o son un fallido intento de manifestar una postura o un pensamiento sobre una situación determinada o general. Porque el conocimiento de las cosas genera una actitud ante ellas, ya sea a favor, en contra o la simple indiferencia, que también es una actitud. Y la ética, que es un componente cultural, es básica en la toma de conciencia sobre los acontecimientos.
Creo, con estas premisas, haber establecido el campo de juego. Ahora podemos señalar y comentar las jugadas. Por ejemplo, la respuesta generalizada de los partidos sobre la implicación de alguno de sus dirigentes en supuestas infracciones. Todos recurren a la presunción de inocencia. Contestación lógica. Pero esa presunción de inocencia es para todos, y se supone que, en política al menos, tiene unos límites. «En el ámbito político el gobernante carece de presunción de inocencia», señala el catedrático de Derecho Constitucional Francisco J. Bastida, ya que «al representar a los ciudadanos y gestionar fondos públicos, debe estar en condiciones de explicar y justificar en todo momento su actividad y demostrar su inocencia». Nadie pone en duda, continúa el profesor Bastida, «su honradez personal, pero sí su honradez política».
Además deberíamos distinguir la presunción de inocencia política de la presunción de inocencia legal. Comparen los términos. Ninguno de los dos ha sido condenado por los tribunales, pero Rajoy presume de inocencia mientras apunta sus indicios de culpabilidad a Bárcenas. Por supuesto, hay opiniones que señalan que muchos políticos viven en un mundo y nosotros en otro. Y que hoy, en política, «aumentan los problemas pero disminuye la imaginación para abordarlos» (Pedro de Silva).
Y la perspectiva va camino de empeorar. Si hoy en día se juega con la ética y se trata de esconderla en el terreno político, ¿qué pasará tras la evaporación de materias como Educación para la Ciudadanía, el reforzamiento de las clases de una religión en un mundo donde crece el fanatismo religioso y la casi inadvertida desaparición de la asignatura de Ética en el plan de reforma de la enseñanza presentado por el Gobierno del Partido Popular? La ética se va esfumando de la política -por eso los ciudadanos cada vez rechazan más a los políticos en los sondeos- y, como escribía Antonio Muñoz Molina en un reciente artículo, «la desvergüenza de los que mandan se ha vuelto tan absoluta que ya no hacen falta especiales sutilezas para adivinar los propósitos de sus actos», al tiempo que intuía que «una asignatura dedicada al estudio de la rectitud en los comportamientos» les debe parecer «tan cómica como la idea de que los corruptos vayan a la cárcel». Y si no, fíjense en la frase del Presidente en su comparecencia en las Cortes del pasado primero de agosto: «Todas las instituciones responden al más alto estándar de exigencia ética».