Las diferentes encuestas, sondeos y consultas que encontramos acerca de cuáles son los problemas reales de la sociedad española suelen coincidir, sea cual sea su origen o procedencia, en el profundo deterioro de la política actual y del trabajo de los dirigentes públicos. Incluso en las preocupaciones ciudadanas que registra periódicamente el CIS la corrupción ya sobrepasa al paro. Se trata de una tendencia de hace algunos años que se agudiza, es lógico, en tiempos de crisis y con muchos millones de personas sumidas en indignas condiciones de vida.
En efecto, a día de hoy las direcciones de los partidos tienen el poder absoluto. Designan los candidatos al poder legislativo, si es el caso al presidente del gobierno, y tienen una influencia decisiva en la selección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial y, por ello, a los magistrados del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional. El poder que tienen es de tal calibre, cuantitativa y cualitativamente considerado, que se comprende muy bien que un sistema político que tiene en su base la idea de la limitación del poder, de la racionalidad en la toma de decisiones y de la centralidad del ser humano, termina por convertirse en un espacio de dominación general. Un mundo en el que los dirigentes se reparten, con arreglo tantas veces a criterios subjetivos, los principales cargos en los tres poderes del Estado y en las principales instituciones del país.
Desgraciadamente, el sistema propicia estos comportamientosa. Por ello, la necesidad de reformar el sistema político es un clamor unánime que reclama soluciones acordes con las pretensiones de la ciudadanía y de la gravedad de los problemas. Quienes ahora se benefician de la situación presente no parecen muy animados a abrir las listas electorales, a que los ciudadanos tengan mayor participación, a que los militantes sean los verdaderos dueños y señores de los partidos. Mientras no se de un paso al frente con valentía y determinación, tendremos que seguir contemplando espectáculos tan bochornosos como los de este tiempo en que nos ha tocado vivir.
La política, desde luego, es una de las actividades más nobles y relevantes puesto que tiene en sus manos la rectoría de la cosa pública. El problema, hoy, está en que esta digna tarea parece secuestrada por no pocas personas que viven de espaldas a la realidad luchando por mantener la posición y al margen de los problemas que afligen a millones de ciudadanos.
Por eso, otros están haciendo su agosto gracias a la insensibilidad de quienes pudiendo abrir cambios de calado se parapetan en su posición y prefieren estar en el vértice, aunque no sea por mucho tiempo, a propiciar reformas que devuelvan la dignidad a la política. Pues bién, más pronto que tarde esta noble actividad caerá en manos de demagogos y totalitarios que no aspiran más que a reeditar fracasos de otros tiempos y de otras latitudes. La historia se repite.
Fuente: Diario de Ferrol