En un discurso muy esencialista, aunque consciente de que los jueces no pueden ser la boca de la ley porque resulta inevitable la interpretación de la norma, el célebre juez Fernando Grande-Marlaska apostó ayer, en una conferencia en el Casino de Tenerife, por que la carrera judicial en España se dote de un código ético que contribuya cada vez más a ejercer la justicia con la finalidad básica de dignificar al ser humano.
Bajo la presentación del presidente de la Audiencia Nacional, el tinerfeño José Ramón Navarro, el también presidente de la sala de lo Penal hizo una disertación sobre los pilares de la justicia desde la óptica de la ética pública. Grande-Marlaska concluyó que conviene dicho código para fomentar la reflexión sobre los principios y valores básicos de la justicia, tal y como ocurre en otros países.
Como resaltó al final Navarro, el también vocal del Consejo Superior del Consejo Judicial se detuvo en algunos principios fundamentales que incluye la Constitución, como la independencia de los jueces. Pero, claro, enseguida la hermenéutica: ¿qué se entiende por independiente? En su opinión, "que los jueces no estén sometidos a ningún otro poder económico, político, cultural o social, sino a obedecer solo a la ley".
Sin embargo, puso énfasis también en un principio no recogido en la Constitución: el de imparcialidad. Aunque se infiere del resto de normas y sí se predica de las administraciones y la función pública, el juez de casos tan relevantes como Yak-42, Faisán o Fórum cree llamativo que este término no esté en la Carta Magna. Según recalcó, el cumplimiento de este principio implica no solo no tener ninguna relación con ninguna parte ("la imparcialidad subjetiva"), sino no haberse pronunciado sobre ese asunto (la "objetiva"). Esto le lleva a llamar la atención y cuestionar dónde están las fronteras de la libertad de expresión de los jueces: cuándo y de qué se puede hablar. Como otras muchas cuestiones, "no es fácil determinarlo", según indicó.
También insistió en la necesidad de que los jueces motiven bien sus resoluciones, no solo por control del proceso, sino por la sociedad, por hacer didáctica y reforzar los principios de confianza, estabilización de comportamientos y previsibilidad de la ley para saber a qué atenerse si se obra de cierta forma. "Si no se motiva, difícilmente puede haber justicia".
Otros pilares, en su opinión, son la empatía, la equidad, competencia y diligencia, pero, sobre todo, la formación continua. En este sentido, sostiene que la justicia está ligada en esto a la sanidad, precisamente por salud social, por lo que resulta crucial, por ejemplo, conocer muy bien las distintas realidades sociales, étnicas y demás.
El juez arropó sus conclusiones en un repaso previo por el nacimiento de la ética pública en la Ilustración como garante del desarrollo de éticas privadas, lo que se materializa en valores claves como la libertad, igualdad, seguridad y solidaridad.
Según remarcó, y como hace el intérprete musical, el juez no puede escapar de su propia interpretación de la ley, aunque debe minimizar sus prejuicios. Claro que esto no es sencillo y de ahí las distintas instancias y fallos contrapuestos. Como ejemplo, puso al chico de 13 años testigo de Jehová que muere por no hacerse una transfusión de sangre por su religión. Mientras la Audiencia de Huesca absolvió a sus padres primando la libertad ideológica, el Supremo les condenó por no priorizar el derecho a la vida, pero el Constitucional volvió al primer punto por llevado al hospital y dejar que él decidiese. Un claro ejemplo de que los supuestos derechos absolutos los relativizan o, mejor, contextualizan las contingencias.
En el turno de preguntas, defendió la existencia de asociaciones judiciales, aunque él no pertenece a ninguna, abogó por una ley integral contra la discriminación (obesos, homosexuales…) y que los integrantes del Consejo Superior vayan al Senado y Congreso a ser "examinados", aparte de resaltar las dificultades de la justicia universal por "la no injerencia".
Fuente: El Día