Javier Sádaba: «Una ética que merezca la pena ha de resaltar los placeres y el vivir bien»

 

Su conferencia en Alicante ha versado sobe moral, erotismo y deseos. ¿Qué relación tienen?
Yo distingo tres partes en la vida moral que tienen que darse en la vida cotidiana, y siempre haciendo una crítica por la situación económica y política actual que nos condiciona. Por una parte está lo que no hay que hacer: Matar, humillar… en eso encontramos consenso. Una segunda parte es promocionar el bien, algo que es más difícil de delimitar y cualificar. ¿A cuánta gente hay que ayudar? Es una respuesta difícil pero es lo más sustancial de la ética. La tercera parte que considero fundamental son los placeres. La ética tradicional se ha olvidado de ellos. Y es que no hay que presionar con los deberes más de lo debido y hay que atender a los placeres que son fundamentales para vivir, y ahí se encuentra desde tomar un buen vino a cultivar la amistad.

¿Una ética que incluye los placeres?
Sí, porque sin esos tres niveles no hacemos una ética de cuerpo entero ni desarrollamos el humor y la sensibilidad que son fundamentales para vivir. La ética tradicional ha estado huérfana de esos placeres. Yo abogo por erotizar la ética y hacerla más sensible y más cercana a la realidad.

¿Y cómo podemos luchar ante esa tradicional exaltación del sacrificio en la que nos han educado durante generaciones?
Sacrificarse por los demás no está mal, siempre que sea entendido como altruismo y ayuda a los demás. Eso está bien. Ahora; ese ultra sacrificio del dolor por el dolor que nos han inculcado de una manera absurda que hace del dolor un valor supremo hay que rechazarlo. Contra el sufrimiento inútil hay que luchar a brazo partido. Una ética que merezca la pena ha de resaltar el vivir bien.

¿Hay culpabilidad ante la felicidad?
Hay enemigos de la felicidad. Hay dos sobre todo: los factores externos sociales y económicos –y los tiempos actuales no son buenos, porque hay mucha desigualdad, injusticia, mentiras, tópicos…–, y el otro enemigo de la felicidad es uno mismo. Somos muy tontos, nos comemos en exceso el «coco». Lo único que tenemos es el presente. Hacemos viajes constantemente a lo que nos deparará el futuro y no aprovechamos el momento. Aunque claro que hay que tener en cuenta a los demás. La máxima de que uno no es libre mientras los otros no sean libres se puede aplicar a la felicidad. Uno no puede tomar un vino a gusto mientras haya niños pasando hambre. Estamos ligados a los otros, hay que estar bien con uno mismo y también con los demás.

Pero sería imposible ser feliz si, mientras uno se toma el vino del que habla, recuerda a esos miles de niños que mueren de hambre cada día.
No hay que dejar de tomar el vino, pero no se debe perder de vista que otros no tienen esa posibilidad. Hay que ser feliz y llevar a buen puerto nuestra vida, pero hay que tener un ojo puesto en los demás. Se puede repartir mucho, pero en la burbuja occidental hay mucha gente que ha olvidado ese equilibrio entre saber vivir bien y ayudar a los demás.

En su libro «Ética erótica» defiende esa capacidad de gozar sin dejar de ser solidarios.
La erótica puede encontrarse en la amistad, el amor e incluso la pornografía. Hemos puesto mucho el acento en los deberes y nos olvidamos de que hay que satisfacer los deseos en lo posible. Hay muchos elementos que deberían ser satisfechos. Haría falta menos adicción e hiperconsumismo y hedonismo barato y más satisfacción, porque uno hace lo que debe hacer y acomete los placeres que nos pide el cuerpo. Podemos llamar a la ética erótica porque atiende a nuestros deseos. Si no, es una ética que se queda coja. Deberíamos actualizar el concepto que tenemos de ética y poner en valor nuestra capacidad de gozar.

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