Los dos papas más carismáticos del siglo XX van a ser canonizados juntos, en una ceremonia que se espera multitudinaria. ¿Qué aporta esta doble canonización a los retos de la Iglesia católica del siglo XXI?
En primer lugar, la inevitabilidad para el ser humano de enfrentarse con el tema de Dios; y la multitud que será presente en San Pedro lo confirmará de nuevo. Los dos dedicaron sus vidas no sólo a decir qué cosa es la bondad, sino a enseñar a ser bueno. Y no es una paradoja que en una época un poco triste, desolada, que ríe poco, estos dos Papas hayan mostrado tan elocuentemente el valor humano y espiritual de la alegría: los son recordados por su constante buen humor.
El programa de actividades para esta canonización es más escueto que el que vimos en abril del 2011 con la beatificación de Juan Pablo II. ¿Está naciendo un estilo Francisco de ceremonias de canonización?
Quizás nos habíamos acostumbrado indebidamente a pensar que la única forma expresiva del cristianismo era el estilo barroco. El papa Francisco no es muy entusiasta de este estilo, pero eso no quiere decir que la ceremonia prevista vaya a ser menos digna que otras precedente. Yo creo, sin embargo, que quizás también habría que preguntárselo al alcalde de Roma, que no sabe cómo gestionar la movilidad de algunos millones de peregrinos estos días y en esta ciudad urbanísticamente tan compleja.
Desde un punto de vista histórico, Juan Pablo II fue el Papa del fin del comunismo en la Europa del Este, y Juan XXIII fue el Papa del concilio Vaticano II y también el de la crisis de los misiles en Cuba. ¿Están los papas condenados a ser analizados en clave geopolítica?
Sería una simplificación histórica inadmisible. Naturalmente, la acción ética de estos dos papas tuvo influencias decisivas en la historia. Los historiadores hoy concuerdan en reconocer el papel de Juan Pablo II en los cambios históricos que modificaron la vida de millones de personas en Europa. Pero el análisis de esos cambios resulta incomprensible si sólo se invocan elementos políticos. ¿Era sólo geopolítica hablar de la dignidad humana, como hizo Juan Pablo II entre 1979 y 1989, cuando cayó el muro de Berlín?
Suele haber dos interpretaciones del concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII: la del acontecimiento rompedor (proceso no completado, según quienes defienden esta visión, sobre todo teólogos del ala eclesial progresista), y la de la renovación (proceso también aún en curso, según defendían Juan Pablo II y Benedicto XVI). ¿Perviven en la era Francisco adjetivos como preconciliar, conciliar o posconciliar, y tienen el mismo sentido ahora?
Creo que esos ambiguos conceptos que usted recuerda comienzan a esfumarse, y están condenados a desaparecer. Lo que no ha desaparecido es la necesidad de profundizar más en el rico patrimonio de ideas conciliares. Un concilio como ese no se agota en una o dos generaciones.
Son recuerdos muy personales, pero me di cuenta ya entonces de que no podía guardarlos sólo para mí, ya que, literalmente, el mundo entero los estaba reclamando. Cada vez que hacía un briefing o una comunicación a la prensa, se conectaban en directo todas las televisiones del mundo, incluidas aquellas de países sin católicos o con pocos católicos, como Al Yazira, por ejemplo. Era para mí una situación no cómoda: vivir simultáneamente la esfera privada y la pública. Y comunicar contenidos públicos sin emociones privadas; no fue fácil.
También en ese campo, y no fue el único, hubo que ser pionero. Recuerdo aún la conversación que tuve con Juan Pablo II cuando internet comenzaba a ser accesible. Me preguntó si ya teníamos allí una presencia. Al día siguiente, comenzábamos… Eran todavía los años ochenta.
Dispensar del requisito del milagro en un proceso de canonización es prerrogativa personal del Papa, y la puede aplicar cuando lo decida. Por tanto, podría también decidir en este sentido en el caso de monseñor Romero.
Los papas difuntos están resultando muy mediáticos. ¿La canonización los hace iconos también para no creyentes?
Quizás sí para el no creyente, pero no debería ser así para el creyente. A un icono no se le puede imitar; a un santo se le debería tratar de imitar. Precisamente para eso le hacen santo.