Lo malo de ser omnipotente es que uno es responsable de lo que ocurre. Es un problema que aflige a los superhéroes de la ficción y cada vez más a los médicos, que están empezando a vislumbrar el momento en el que tendrán la capacidad de realizar ciertas modificaciones al plan general del ser humano. Esas modificaciones se investigan y persiguen para mejorar la vida de los afectados por diversas enfermedades. Pero también tienen consecuencias éticas, algunas de ellas importantes. Porque cuando uno tiene la capacidad, incluso no hacer nada conlleva una responsabilidad. Recientemente científicos estadounidenses han publicado un avance interesante; un método que es capaz de silenciar 'in vitro' un cromosoma entero en el interior de unas células madre. Un cromosoma idéntico a otro cromosoma que no resultó afectado. Un cromosoma del par 21 que estaba de más en las células tratadas. La enfermedad se llama Trisomía del Par 21, o Síndrome de Down, y su causa es precisamente la existencia en todas las células de los afectados de tres copias de este cromosoma en lugar de las 2 que debería haber. Las consecuencias son múltiples: las personas nacidas con ella sufren toda una serie de síntomas, desde una apariencia física peculiar a problemas cardiacos, desde deficiencias tiroideas a problemas neurológicos. Silenciar el cromosoma entero (integrando un gen que se encarga de silenciar el cromosoma sexual repetido en las mujeres) no servirá para curar la Trisomía del Par 21.; quizá podría abrir el camino a terapias que mejorasen estos síntomas, y quizá algún día… Pero la mera posibilidad de que podamos mitigar o curar el Síndrome de Down ha causado una intensa polémica. Porque hay quien piensa que aunque podamos, no debemos.
La simple idea de que pudiera crearse una cura para el Síndrome de Down, aunque remotísima y ni siquiera buscada según los científicos responsables, ha alborotado a las asociaciones de familiares y defensores de los afectados. Hay quien se pregunta si las facciones características de la enfermedad no desaparecerán de la faz de la humanidad, como desaparecieron las antaño comunes cicatrices de la viruela o los rostros típicos de los leprosos. Y si al hacer desaparecer la enfermedad no estaremos perdiendo algo; una forma de ser humano, tal vez, diferente de la considerada 'neurotípica' o normal. Hay familiares que creen que 'curar' el Síndrome de Down sería perder lo que hace especiales a estas personas. Lo que podría leerse como una expansión de la idea de que algunos enfermos no son tales, sino humanos atípicos, toma otro cariz cuando nos planteamos que esta primera escaramuza sólo es el prólogo de batallas por venir. Porque lo que hoy es una discusión sobre la existencia o no de una enfermedad mañana pondrá en juego otros factores. Si aprendemos a modificarnos a nosotros mismos, ¿dónde pondremos la raya? ¿Cuáles son las consecuencias sociales de cambiar a voluntad nuestras capacidades físicas y mentales? ¿Veremos surgir una discriminación de origen genético, al estilo Gattaca? Muchas preguntas cuya respuesta sólo va a complicarse según avance la tecnología y tengamos más capacidades. Mejor empezar a debatirlas ya. Porque las preguntas difíciles es mejor discutirlas con tiempo.