La ética del arte, por sergio domínguez-jaén

La poesía fue un arma cargada de futuro, eso al menos se decía antes, versos que no recuerdo de quién, que se repitieron hasta la saciedad. A pesar de que eran tiempos de dictadura y repliegue de las artes, que por otra parte refrendaban en muchos casos al régimen donde se sostenían: se publicaban, se leían, se recitaban y se difundían las virtudes de nuestro acervo cultural. Cargar de futuro a la poesía es de todas formas armarla con un fin; el fin era el futuro o sea el progreso y el progreso tenía un camino señalado y una ideología dominante. Muchos poetas sucumbieron a los estrechos parámetros de la censura, pero muchos otros describieron lo que tenían la obligación ética de escribir, pues la poesía tiene recursos léxicos para romper el nivel de lectura del lector y hacerle descubrir lo hiriente del asunto. Las reflexiones y análisis de los filósofos judíos alemanes después del holocausto llegaron a un punto de no retorno: después de la barbarie cometida en la segunda guerra mundial, despojando de la vida y la dignidad a millones de seres humanos, había que plantearse el sentido y la manifestación artística de la cultura occidental. Era casi imposible escribir poesía, ya no solo de cuitas ontológicas o panfletos o lo que se dio en llamar poesía social -política- y que en Canarias tuvo una repercusión importante. Ahora parece que miramos para otro lado, no importa que se lesionen los derechos humanos; que los seres humanos mueran de hambre en las esquinas de cualquier ciudad, que los cartones sigan siendo esperanza de cobijo para muchos otros. Pero no sabemos o no podemos responder con claridad a la situación. ¿Qué hacen los artistas cuando la sociedad se desangra, se impide la educación a muchos, se condena a otros a la miseria, el mundo se derrumba y con ese sonido hacemos un poema, un cuadro? ¿Hay alguien que crea que el arte no tiene nada que ver con la política? ¿Por qué hemos utilizado a los filósofos de la sospecha para lo que nos conviene?, pues si la posmodernidad tuvo en principio un lugar determinante en el pensamiento, en cuanto que disentía de los hechos consumados heredados de los grandes conceptos, entre los cuales se encontraba el arte, no hay motivo para esconder el debate, solo oscurecido por el afán económico. Y si podemos interpretar la Iliada o la Odisea desde múltiples enfoques -hermenéutica, estructuralismo, deconstrucción, lingüística cognitiva- y no solo del que venía siendo habitual, todos los productos culturales son y han sido objeto de estudio desde estos parámetros. Y cito por un instante a Benjamin: todo material de cultura lo es también de barbarie. Y ahora la barbarie es manifiesta y quizás estemos siendo cómplices o no hemos entendido que la ética es a la estética lo que la realidad a su acción. Sigamos pues pintando flores, mariposas, calas o diseñando escultura megalomaníaca pública o creando espectáculos alrededor de los libros… sigamos escribiendo sobre el mar y su insondable oscuridad. Más de uno tendría que bañarse para saber lo que es el mar y no coger apuntes desde la orilla.
Fuente: La Provincia

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