Leopoldo Abadía, el profesor que consiguió explicar como nadie (por la claridad y el didactismo) los orígenes de la crisis que está azotando a Europa, participa este viernes en el ciclo Cultura y Empresa que organiza el Ayuntamiento y la Cámara de Comercio, con la colaboración de Diario de Ávila, presentando su libro El economista esperanzado. Su visión de la economía actual, siempre con vistas al futuro, ayudará a entender un poco mejor dónde estamos y dónde podemos llegar.
Con la que está cayendo y usted apuesta por el optimismo.
Con la que está cayendo y usted apuesta por el optimismo.
Es que estoy contento porque me parece que estamos yendo por el buen camino, y ese camino se llama Europa. Desde que España pidió la adhesión a lo que entonces se llamaba Mercado Común, en 1962, ha pasado más de medio siglo, y resulta que la unión monetaria ya está hecha, pensamos en euros aunque algunos todavía traduzcamos a pesetas; podemos decir que los presupuestos nacionales nos los aprueban clarísimamente en Bruselas; la unión bancaria va avanzando a trancas y barrancas y ya se habla del supervisor bancario único, del fondo de garantías de depósitos único; y sobre la unión política, ya dijo el comisario Almunia que recordaba que las recomendaciones de los comisarios no eran tales sino obligaciones, lo que deja claro quién manda.
¿Y eso es bueno para España?
A mí ese avance hacia una Europa unida me gusta mucho, y ya he dicho alguna vez que la pregunta que quiero que me hagan no es la de que cuándo se acabará la crisis actual, sino la de que cuándo se firmará la constitución de los Estados Unidos de Europa.
¿Ahí arrancará la solución definitiva?
Yo creo que estamos ya en la resolución definitiva, en el sentido de que nos tenemos que dar cuenta de que somos ya un estado más de esos Estados Unidos de Europa, con alguien que manda, que hoy es la señora Merkel. Siempre digo, y la gente me pone una cara rarísima, que a la señora Merkel habría que canonizarla en vida, porque aunque no es ni la más simpática ni la más elegante de Europa es la que ha puesto orden en nuestro país, porque España era una nación que funcionaba como una familia mal administrada, y esa señora nos ha cuadrado.
¿Y qué pasos hay que dar ahora para continuar mejorando?
Llevo cuatro años diciendo, y algún día acertaré, que pronto llegará la creación de los eurobonos, eso que ahora llaman, creo que para que no se entienda, la mutualización de la deuda. Si ahora España pide dinero prestado, avala España; si Alemania pide dinero prestado, avala Alemania, y como de Alemania se fían más que de España a ellos les cobran el dos y a nosotros el cinco, y la diferencia de tres es lo que se llama la prima de riesgo, que serían unos 300 puntos básicos. El eurobono querrá decir que cuando pida dinero España avalará Europa, cuando pida dinero Alemania avalará Europa, a nosotros nos saldrá más barato que ahora y a la señora Merkel más caro, con lo cual, y eso es interpretación mía, la canciller alemana dice que si queremos eurobonos antes tenemos que portarnos bien, realizar más ajustes.
¿Es posible entender en lo básico cómo funciona una economía nacional o internacional trasladando el funcionamiento de una economía doméstica?
Hombre, claro. He leído últimamente que el estado no tiene nada que ver con una empresa o con una familia, y pienso que es posible que para los entendidos no sea así, pero si yo pienso en la economía de una familia entiendo perfectamente la del estado. Si yo un año ingreso en mi casa 100 y gasto 80, es que he ido muy bien; si al año que viene ingreso 100 y gasto 105, voy un poquito peor y tengo que pedir un préstamo; pero si ingreso 100 y gasto 700, entonces me va muy mal. Y en España ha pasado eso, hemos ingresado 100 y hemos gastado 700, y esa diferencia fue en el año 2011 de 91.000 millones de euros, que es una burrada. Y qué pasa, pues que Bruselas nos dice que tenemos que apretar, y en un año hemos conseguido bajar de 91.000 a 70.000.
¿Y cómo se consigue eso?
Eso sólo se hace de dos maneras, aumentando ingresos o recortando gastos, y cuando a mí me suben los impuestos y me recortan el sueldo hacen ambas cosas, y lo normal es que no aplauda. Es una solución difícil de aceptar, y aunque hemos avanzado algo falta mucho todavía, porque nos hemos comprometido a que en 2016 los 91.000 de diferencia de 2011 se queden en 27.000, lo cual quiere decir que lo peor ya ha pasado, pero lo que queda no es un camino de rosas.
¿Comparte la queja de que una austeridad exagerada puede acabar en austericidio?
Yo creo que la austeridad no es más que gastar con la cabeza, no tiene por qué tener la connotación negativa de, por ejemplo, pasar hambre. Y pienso que no hay que elegir entre austeridad y crecimiento, como si fuesen incompatibles, hay que hacer las dos cosas. Esa austeridad a la que me refiero es buena tanto para una familia como para una empresa o una nación, y todos nos quejamos de que en los últimos años en España no se ha gastado así. En cualquier caso la austeridad debe ir acompañada de crecimiento, y el empleo sólo lo crean las empresas, pero éstas, si los bancos no arreglan sus problemas, no pueden salir adelante. Por tanto, austeridad y crecimiento basado en que los bancos hagan lo que deben hacer: ayudar a que fluya el crédito entre empresas de tamaño normal y ciudadanos.
Usted lamenta que a la crisis actual le ha ayudado también la crisis de valores que sufre la sociedad, ¿cuánto ha pesado y cuánto debe pesar la ética en la economía para que esto vaya a mejor?
Creo que la ética debe pesar el cien por cien en cualquier actividad económica, pero por desgracia en los últimos años su peso ha sido muy poco significativo. La ética no es algo que esté aparte de la economía. Si uno es decente con su familia lo lógico es que lo sea también en su trabajo, porque si no pasa como en la película El padrino, que llora de emoción en la primera comunión de su hijo mientras ordena matar a una persona. Si resulta que soy muy bueno con mi familia pero cuando me meto en la empresa no lo soy, algo falla; y por desgracia hay gente que parece decente pero que realmente son unos tipos absolutamente impresentables.