Juan Carlos, ¿qué te llevó a escribir un libro sobre la muerte?
La verdad es que más que un momento determinado, fue un proceso. Cuando comencé a impartir clases en la Escuela de Enfermería de la Universidad Alfonso X el Sabio sobre Cuidados Paliativos, profundicé en la lectura de textos sobre el tema de la muerte. Me interesaron sus leyendas, los ritos, los duelos, los estados de ánimo, etc. Empecé a recopilar datos sobre escritos, poesías, costumbres, monumentos, cementerios, enterramientos… y poco a poco surgió la idea de unificar todo ese trabajo en un libro. Así se fue plasmando todo aquello que había ido descubriendo.
Tú eres enfermero y también antropólogo. El título de tu libro me ha llamado la atención: La muerte desde la cultura y para la cultura. ¿Nos cuentas por qué este título y qué significado tiene para ti?
El título es una clara alusión al componente antropológico de mi formación. El “desde” se refiere a que la muerte, más que ser el origen de las religiones como dice Malinowski y de la trascendencia, es el
origen de la cultura, como afirma Baumann. La incomprensión que siente el ser humano por la muerte, no pudiendo entender que no se sea inmortal, le ha llevado a crear leyendas, ritos, ceremonias, modos de enterramiento, que poco a poco han conformado la cultura humana. La
muerte rodea al ser humano desde que nace y la cultura ha estudiado el fenómeno de la muerte desde sus orígenes. Los enterramientos en la antigüedad han sido grandes generadores de cultura y nos han hecho reflexionar que desde el comienzo y, quizás antes de saber hablar, los seres humanos enterraban a sus muertos con una cierta idea de trascendencia…El “para” hace referencia a lo que la muerte ha representado y representa. En la cultura como conocimiento, evaluando su influencia en la vida cotidiana, en los sentimientos y su representación, en las relaciones humanas,
en los ritos y en las Bellas Artes. En fin, en todo el desarrollo de la vida de las personas.
A lo largo de los diez capítulos del libro, que son todos interesantes y novedosos, personalmente hay alguno que me ha interesado especialmente. Entre ellos resalto el capítulo dedicado a la “Representación mental de la muerte”. Explícanos un poco esa idea.
Bueno, eso nos podría ocupar toda la entrevista o, dicho de otra manera, todo un capítulo del libro, pero voy a ver si soy capaz de explicar la idea en pocas palabras. Las representaciones culturales son de dos maneras “públicas ó externas” y “mentales ó internas”, ambas forman, o mejor dicho conforman nuestras ideas y creencias de la vida. ¿Esto qué quiere decir? Que nuestras ideas, pensamientos, nuestras emociones y prejuicios, proceden en gran parte de un mundo público; de la
cultura donde hemos nacido y nos sabemos mover. Pero a la vez existe un mundo interior propio, donde procesamos las vivencias personales sobre ciertos acontecimientos y definimos nuestros sentimientos internos. Estos también conformarán nuestros pensamientos. En el tema que nos ocupa, la muerte, el mundo público serían los ritos de nuestra sociedad: los cementerios, los lutos, etc. Pero cuando vivimos la muerte cercana, de un ser querido, nuestro mundo interno se llena de vivencias, sobre lo que realmente ha supuesto la muerte de ese ser querido para cada uno de nosotros, donde se contempla el dolor, la angustia, el miedo, el sufrimiento…Ambos mundos van conformando nuestra idea personal de la muerte. Mis vivencias forman parte de la idea que tengo sobre la muerte como realidad en primera persona. La idea final de la muerte se confeccionará de la suma de ambas representaciones culturales. Como ves, es algo enrevesado, pero creo que puede comprenderse.
Uno de los capítulos más interesante es el dedicado a los “Ritos funerarios” donde narras su evolución a lo largo de la historia. ¿Qué importancia y significado das a los ritos en la muerte de una persona?
Los seres humanos somos rituales. Nuestra vida está llena de ritos. Sirven para hacernos avanzar en la vida. Nos gustan, nos ayudan a saber compartir con los demás. Nos sentimos cómodos en su realización y también, en cierto sentido, nos consuelan y nos protegen. Los ritos funerarios nos sirven a los vivos, a nuestros muertos ya no les importan si los hacemos o no, pero a los vivos
nos importan y nos consuelan. Nos sirven para pasar el dolor, para encauzar la pérdida y volver, o al menos intentar continuar en la normalidad y convivir con la pérdida del ser querido. Los ritos nos marcan el camino a seguir, a ir paso a paso mediante el ritual, atravesando el dolor que nos produce
la desaparición del ser querido. Los ritos se han ido transformando con el paso del tiempo, han cambiado, se han modificado. Mirando en nuestro entorno próximo, vemos que antes los velatorios
se hacían en las casas, ahora se hacen en los tanatorios; se velaba toda la noche, ahora por la noche se cierra y se retoma el velorio por la mañana del día siguiente; se daba sepultura al cuerpo, en tierra o nicho, ahora cada vez es mas frecuente la incineración de nuestros muertos. Que cambien los ritos es normal porque el cambio y la transformación del rito sirven para adaptarlo a la nueva concepción social de la muerte. El problema surge cuando dejamos el rito y no lo sustituimos por otro. No es necesario seguir el mismo rito que nuestros antepasados, pero debemos seguir
despidiéndonos de nuestros seres queridos con ritos, los que decidamos, pues ellos nos conducen por la etapa de duelo y aceptación de su desaparición. Prescindir de ellos es un error, ya que nos
sirven para acostumbrarnos a la pérdida, pues seguramente sin rituales compartidos con nuestros amigos y familiares donde expresar esa pena y ese dolor, nos vamos a encontrar más solos y vulnerables.
En el capítulo dedicado a “La muerte Laica”, nos hablas del acompañamiento en el proceso de morir, del respeto a las creencias, del respeto a las “no-creencias”, de la espiritualidad, de la religiosidad… En un entorno socialmente católico como el nuestro ¿sabemos respetar los ritos del no-creyente? ¿Respetamos el derecho a una muerte con ritos “diferentes”?
La respuesta es clara, debemos hacerlo, como profesionales y como personas. Como he dicho antes, los ritos sirven para los vivos, los que nos quedamos, de momento. Todos sabemos que vamos a morir algún día, más o menos cercano y por tanto, tenemos derecho a dejar nuestro “testamento espiritual”, proponiendo nuestro propio rito funerario. Esta propuesta sirve a los seres queridos para que transiten hacia la asunción de la pérdida, de una manera más serena y sabiendo que se ha cumplido nuestra voluntad y, por tanto, han satisfecho los deseos que teníamos de cómo
despedirnos de ellos, haciendo lo correcto según testamento (no es necesario que esté escrito, sino hablado y pactado). Estos ritos funerarios cuando los escriba en mi testamento, serán los que se identifiquen con mis ideas, con mis pensamientos, con mis creencias o con mis no-creencias, dependan de mi espiritualidad, diferenciando claramente religiosidad de espiritualidad, ya que para mí, la espiritualidad es anterior a la religiosidad, porque toda persona posee una parte espiritual, que no tiene que transformarse necesariamente en religiosa. Yo como persona tengo una parte espiritual, una capacidad de trascender lo puramente físico, para decidir mi forma de vida y proyectar mi futuro en base a mis valores, deleitarme con lo que yo considere bello, experimentar placer con determinadas cosas, sin que en ningún caso influya en ello si tengo o no tengo creencias religiosas. Sí es cierto, que esa espiritualidad puede conducir a profesar una religión, pero no es a la inversa como se proyecta desde algunas religiones, que mantienen que se llega a la espiritualidad a través de la religiosidad.
Juan Carlos, para mí uno de los capítulos más bellos del libro es el dedicado a la muerte y las Bellas Artes. Como tú dices, la muerte, inspiradora de tantos sentimientos, es lógico que influya en la manifestación estética de esos sentimientos. Hablemos de esa relación.
Como sabes en ese capítulo analizo cómo ha influido la muerte en la Literatura, la Música, la Escultura, la Poesía, la Danza y la Pintura. En algunos de ellos la muerte ha sido la gran inspiradora de sus obras. La muerte es un desgarro de los sentimientos tan brutal que puede llevar a escribir novelas como Pedro Páramo y componer un Réquiem como el de Mozart. Sin la muerte no se habrían escrito poesías tan hermosas como la “Elegía a Ramón Sigé” de Miguel Hernández ó compuesto algunas canciones como “Al Alba” de Aute. Incluso la danza, que no parece tener relación con la muerte, nos ha proporcionado una obra maestra como “La Muerte del Cisne”. Y el cine, como el séptimo arte, nos ha proporcionado muestras espléndidas donde la muerte es su protagonista principal (Despedidas, Vivir…). Qué decir de la escultura con las magníficas representaciones del dolor por todos los cementerios del mundo…
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Para despedirme con esperanza, frente a lo inevitable, podríamos preguntarnos ¿para qué sirve la muerte? Mi reflexión es que nos sirve para dos cosas: Primero “dejar sitio”: si no existiera la muerte, el planeta sería inhabitable, no habría espacio para tantos. Aunque parezca broma, no lo es. Imaginaros una humanidad permanente, inmortal, con nuevos elementos poblando continuamente lo ya poblado… Segundo “disfrutar de la vida”: saber que vamos a morir nos tiene que llevar a vivir, a disfrutar de la vida, a vivirla a grandes tragos o a pequeños sorbos, pero a vivirla. Como digo en el epílogo del libro: “No es seguro que exista la vida después de la muerte, pero lo que sí es seguro, es
que existe vida antes de la muerte”. De nosotros depende como vivirla, ése es nuestro compromiso moral con la muerte: hacer que se lleve una vida plena de vivencias, de amor, de generosidad, de verdad… Las penas es mejor dejarlas para después de muertos.
Fuente: Tribuna Sanitaria, diciembre de 2013