Hace semanas ya que se viene hablando en numerosos medios de comunicación del llamado caso Pujol. Ese en el que el expresidente de la Generalitat se declaraba, en confesión pública, culpable de haber ocultado dinero a la agencia tributaria y, en definitiva, al resto de españoles.
Debe ser que, como él mismo dijo, en 30 años no había encontrado el momento oportuno. Con los bancos ya se sabe: cuando no es por el horario de verano, es porque la sucursal deja de abrir el jueves por la tarde, etc…. en fin, esa multitud de inconvenientes a la que cualquier ciudadano de a pie se enfrenta habitualmente cuando va a su banco o caja.
Pero, sorna aparte, el caso Pujol viene a poner una vez más la puntilla a una situación insostenible en nuestro país: la percepción de impunidad sobre la corrupción. Y es que si hay algo peor que la corrupción en sí misma, eso es la sensación de impunidad.
La corrupción lleva consigo una multiplicidad de formas llamémoslas "desviadas" de proceder en relación con la gestión de lo público, por ejemplo, cobrar comisiones, adelantar o retrasar intencionadamente la tramitación de un expediente, sustraer de lo público para beneficio propio€ y así un sinfín de posibilidades, tantas que hasta la propia Ley se queda rezagada a la hora de tipificar nuevos delitos.
Pero, como decía, hay algo peor que todo esto: la impunidad. Logra, mediante lo que me gusta denominar fenómeno de permeabilidad, una sensación de desafección con el resto de sistema. El corrupto impune contamina no solo el ejercicio de su actividad sino que, además, mancha el sistema a todos los niveles. La ciudadanía, si el corrupto no es condenado de una manera ejemplar y aleccionadora, llega a creer que el sistema en su conjunto falla o que, incluso, es corrupto también. Se ha gestado la permeación que, a la manera de un cáncer, se propaga.
El daño que este fenómeno produce es aún mayor que la corrupción misma, que cuesta al erario público miles de millones, al desacreditar las bases de la convivencia y el orden democrático. Si se siembra la duda sobre cuestiones básicas como la separación de poderes, la imparcialidad de los tribunales o la igualdad ante la Justicia mal vamos. Y lo cierto es que un elevado número de personas tiene duda sobre ellos.
El problema del caso Pujol, como el de otros tantos, no es únicamente el hecho de que un indeseable sustrajera dinero público a mansalva el problema es que vuelve, insisto, a espolear un sistema que algunos se empeñan en desacreditar.
Un indeseable fenómeno que está presente, de una u otra forma, en todas las esferas de la sociedad (y no únicamente en la Política) debe combatirse desde dos frentes: la persecución del delito y la prevención del mismo. En la primera de las medidas ya estamos inmersos pero en la segunda debemos seguir trabajando.
La proliferación de casos de corrupción lo único que pone de manifiesto es, precisamente, la necesidad de una nueva estrategia contra ellos: la prevención puesto que el ingenio del corrupto siempre irá por delante de la legislación y su daño siempre será mayor que lo evidente.
Las instituciones a todos los niveles, especialmente las educativas, deben de redoblar esfuerzos en potenciar la ética de lo público. Hasta que no desterremos de la conciencia colectiva el sentimiento de orgullo por la llamada "picaresca española", la carrera en la lucha contra la corrupción y sus daños colaterales la seguiremos perdiendo hasta el punto en que el daño sea irreparable.
Fuente: La Opinión de Tenerife