“La obligación del sistema sanitario es dignificar la fase final de la vida; la eutanasia se está pasando de moda”

Asegura que le tocan su "punto más sensible" cuando le preguntan sobre la "deliberación moral", algo que define como "el método de la ética" en su labor de "promover la responsabilidad en la toma de decisiones tanto individuales como colectivas". De hecho, lamenta que "en la propia educación, a todo sus niveles, no se enseña a los niños a deliberar, sino a triunfar en la vida, que no es otra cosa que triunfar sobre sus compañeros". Sin embargo, "las profesiones sanitarias tienen que trabajar y cuidar algo tan importante como la vida humana" y eso conduce a la "búsqueda de la excelencia". El camino no es otro que la ética.

¿Cuál es el principal debate sobre los límites de la biomedicina en la actualidad?
-Estamos en un momento que hay que calificar de extraordinario. Por ejemplo, la medicina ha progresado en los últimos 50 años más que en los 30 siglos anteriores. Pero por ello mismo se halla lleno de dificultades. Los avances tecnológicos son sencillamente espectaculares. Es fácil comprender que una de las consecuencias de esto haya sido la aparición de múltiples problemas éticos. Hoy somos perfectamente conscientes de que no todo lo técnicamente posible es éticamente correcto. De ahí la necesidad de analizar qué es lo que puede y debe considerar correcto un profesional, y qué no. Este es el objetivo de la bioética clínica.
 
Con la nueva ley del aborto, por ejemplo, tras 30 años de "consenso" se ha llegado a una polémica encarnizada. ¿Qué ética se impone ante posturas tan enfrentadas?
-Vivimos en una sociedad plural y pluralista, y no está dicho en ningún sitio que la respuesta a los problemas morales tenga que ser la misma para todo el mundo. El deber moral no es que todos lleguemos a un consenso, sino analizar con cuidado los problemas, tanto individual como colectivamente; de forma que puedan tomarse decisiones prudentes, que no es lo mismo que decisiones uniformes o unánimes. Dos decisiones pueden ser prudentes siendo distintas e incluso opuestas entre sí. El tema del aborto es un ejemplo paradigmático. Hay personas, muchas, que consideran, a mi modo de ver con importantes razones, que la vida humana es el resultado de un proceso complejo que se desarrolla a lo largo de un tiempo relativamente largo, el periodo fetal y parte del periodo embrionario. Otras, por razones más religiosas que científicas, piensan lo contrario, y creen que el ser humano lo es ya desde el primer momento y debe ser respetado como tal. La tentación en este punto, como en otros, por ejemplo el político, consiste en creer que estamos legitimados para imponer, incluso por la fuerza, nuestro punto de vista a los demás.
 
¿Y qué papel juegan los políticos en todo esto?
-Los políticos tienen en mi opinión mucha menos importancia de la que se les da, y por supuesto menor que la que ellos suponen. Las sociedades se ganan o se pierden en la educación en valores. Los políticos no hacen en el fondo otra cosa que pulsar la opinión pública y operativizarla en forma de leyes y políticas concretas. Centrar la evolución y mejora de la sociedad en la acción política me parece un grave error. Yo me he dedicado a la educación porque creo en ella. El gran problema no está en la política sino en la sociedad.
 
La ética de hoy, la de 20 años atrás o la de 2050 no es la misma. ¿Quién decide qué es ético y qué no?
-En la ética hay algo permanente, porque si no, no podría seguir llamándose ética. Pero hay mucho que va cambiando. Lo permanente es la idea de deber. Todo ser humano tiene conciencia del deber, y sabe que debe hacer ciertas cosas y no hacer otras. Lo difícil es definir qué es esto que se debe o no se debe hacer. Ahí está el problema. Por supuesto, eso que se debe o no hacer, va cambiando con el tiempo, entre otras cosas porque también cambian las condiciones y los problemas. El médico clásico, el médico de familia o de pueblo de mi niñez, se regía solo por un principio ético que hoy conocemos con el nombre de principio de beneficencia. Hoy en día el profesional no puede tratar al paciente como un buen padre trata a su hijo pequeño sin contar con su opinión. Aquí se introduce el principio de autonomía. Y si a esto se añade la enorme explosión de costes y los problemas de financiación del sistema sanitario, resulta que también hemos de tener en cuenta otro principio ético, que es el de justicia. Y hay un último problema: estos principios no se llevan muy bien entre sí y entran en conflicto continuamente.
 
¿Ve posible que dentro de 50 años se pueda elegir, pagando o no, tener un hijo guapo, listo y majo?
-Esta pregunta que me hace está relacionada con lo último que le decía, lo relativo al principio de justicia. Todos tenemos claro que estamos en una crisis económica. Eso se traduce en que hay menos dinero del que querríamos para atender las necesidades de salud de las personas. Esto se conoce con el nombre de escasez de recursos. El problema está en saber cómo tomar decisiones en estos casos. Inmediatamente surgen dos posibles respuestas, una más liberal y otra más social. En la práctica, se va siempre buscando una vía intermedia, que parece lo más prudente. Los extremismos se llevan muy mal con este tipo de problemas.
 
¿Qué se puede exigir a la Sanidad pública? ¿Es ético recortar en algo tan sensible? ¿Y privatizar?
-Recortar no solo puede ser ético sino que en muchas ocasiones resulta necesario. En la sociedad sucede igual que en las familias, que los recursos son limitados y que es preciso ver cómo se utilizan del modo más justo y más eficiente posible. El problema de la sanidad no es ese, sino que se está gastando muchísimo en cosas y tratamientos que no son eficaces y luego decimos que no tenemos recursos para atender a tratamientos que sí lo son.
 
¿Si pudiera alargarse la vida de un ser humano hasta los 150 años sería ético hacerlo? ¿A qué precio? -No sé si se podrá alargar la vida 150 años. Lo que sí sé es que somos una generación absolutamente privilegiada. Somos la primera generación en la historia que goza de una esperanza media de vida al nacimiento superior a los 80 años, y que además consigue llegar a esa edad con una calidad de vida muy elevada. Nos ha tocado el gordo de la lotería. Es posible que pueda prolongarse la vida bastante más, hasta los 120 ó 150 años. Lo que no sabemos es si se conseguirá hacer con calidad. Hay muchas sospechas de que no será así.
 
Hay gente que pide que le dejen morir dignamente. Hablamos de la eutanasia. ¿Qué opina de ella?
-Mi opinión es que la eutanasia se está pasando de moda. La razón es obvia. La primera obligación de una sociedad, y por supuesto de un sistema sanitario, no es matar a la gente, sino dignificar las etapas finales de la vida, a fin de que las personas no las vivencien como peores que la propia muerte. Los médicos hemos manejado muy mal el final de la vida de las personas. En cualquier caso, esta es nuestra primera obligación moral, dignificar las fases finales de la vida de las personas. Y si se hace eso, no hay duda de que las peticiones de eutanasia se convierten en excepcionales. Y es que la eutanasia no puede verse de otro modo que como una excepción, cuando han fallado todos los procedimientos para ayudar a las personas. Lo cual sucede en ciertas patologías, pero en un número muy pequeño de ellas.
 

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