La Opinión de Málaga utiliza cookies propias y de terceros para mejorar su experiencia, por Guillermo Busutil

Llamada perdida. La cultura no coge el teléfono. El gobierno le ha cortado la línea. Incomunicada es menos molesta. Una sociedad sin cultura deja de enfrentarse a sus dudas, de hacer preguntas, de querer ver más allá de las apariencias y los dogmas. La política y la economía nunca amaron a la cultura. En los años de bonanza la mantuvieron igual que a una elegante prostituta, como la cocaína con la que disfrutar la ebriedad de ser modernos. Y ahora que el dinero se fugó a Suiza, que se empadrona en Andorra y se reparte a escote en los cotos privados de la democracia y de las redes económicas, la cultura es una palabra hidalgo relegada a las madrugadas televisivas, que se desahucia de los periódicos y se prescinde en la histórica Agencia Efe. No es rentable, su demanda es escasa y sus defensores se enrocan en su difícil supervivencia personal. Su único presente se debate entre los premios, con todas las sospechas que conllevan, la prestación autónoma en el alambre y el ejercicio de la gratuidad. En el caso de tener un célebre reconocimiento queda el honor de la ética. La actitud que protagonizó en 2010 Santiago Sierra al rechazar el Nacional de Artes Plásticas, seguido dos años después por Javier Marías con el Nacional de Narrativa y ahora por Jordi Savall con el Nacional de Música. Tres creadores en contra de la incompetencia y el desinterés del gobierno por la cultura. Su gesto tiene valor porque cada galardón conlleva un buen importe económico y la evidente autoestima. Lo triste es que importa a muy pocos. La política sigue a lo suyo: sobrevivir a la corrupción, cruzando los dedos para que debajo de la manta no aparezcan los nombres sagrados de González, de Aznar, de Rajoy y de algunos patanegras más sentados, desde hace décadas, a la mesa de la gran orgía de pasta bolognesa que ha sido nuestra democracia. Y el pueblo también. Anestesiado de cobardía, analfabetismo potencial o satisfecho con Evolé y Mejidé, paradigmas actuales de las entrevistas del periodismo incisivo.

En medio de este panorama se entiende que La sal de la tierra de Wim Wenders se exhiba en pequeñas salas de arte y ensayo, donde sólo durará un par de semanas. Sin embargo este maravilloso documental acerca del trabajo del fotógrafo Sebastiao Salgado debería proyectarse en cines comerciales y ser un matinal obligatorio para los jóvenes estudiantes de eso que se llama educación. Una lección magistral sobre cómo la cultura es un punto de vista, un compromiso y una ética de la mirada. El director alemán de Cielo sobre Berlín y Juliano Ribeiro, el hijo mayor del Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1988, encuadran la vida de un contador de historias -como le gusta definirse al fotógrafo- que durante cuarenta años viajó a cinco continentes convertidos en hermosos libros sobre el hombre y el paisaje de su lucha. Otras Américas, Trabajadores, Éxodos, Génesis son algunos de estos álbumes etnofotográficos en los que Salgado retrató las sombras errabundas del miedo, del hambre y de la sequía. El coraje del trabajo inhóspito, la dignidad de una supervivencia bajo cuyos pies no cruje la hierba sino el llanto estéril de la tierra.
Kuwait en llamas con los bomberos manchados de lluvia negra; campesinos que corren a 700 metros de altitud y creen en los ángeles que descienden para observarlos; aventureros de la fiebre del oro en las minas de Serra Pelada donde es eterno el sudor y el mito de las pirámides de Egipto y de Babel; la infancia cadáver de Etiopía y la esperanza seca con la figura de un niño en combate contra el horizonte; el paraíso de los indios Zoe que sueñan con el pájaro de un cuchillo sobre la selva. Las morsas en un baile ancestral de colmillos capturadas por un hombre que rueda sobre sí mismo hasta disparar el arpón de la fotografía al natural. Sebastiao Salgado y la brutalidad de la muerte en Ruanda que le hizo perder la fe en el hombre. El artista que encuentra la gama de grises cuya realidad oculta el color, el fotógrafo que siempre creyó en la denuncia de la mirada. Aunque las revistas estadounidenses rechazasen al principio su trabajo por la perturbación que provocaba su manera de hacer estético el drama silencioso de la fotografía y un crítico de Le Monde le acusara de vouyerismo sentimental. Da igual. Las imágenes de Salgado son una voz en blanco y negro que sólo se escucha con la mente y el corazón.
La sal de la tierra no es sólo el relato del hombre feroz y de sus hermanos convertidos en víctimas. Es el viaje del hijo que busca en su padre al fotógrafo que lo alejó de su infancia y la indagación de un cineasta que entrevista con suavidad el corazón de un hombre al que admira, como ya hizo con Nicholas Ray en Relámpago sobre el agua. Y es también un hermoso canto al ave fénix de la naturaleza, representado en el proyecto del ecosistema de las minas Gerais en el Amazonas creado por Lelia Wanick y el fotógrafo que escucha la luz y la acción de las sombras para descubrir el alma de una imagen. El hombre que sabe que el paisaje es el único ser vivo que lo ha curado. Ver este documental es necesario. Nos enseña nuestra violencia y sus errores. Nos muestra la fuerza de la vida y la injusticia más dolorosa de la muerte.
No permitamos que la política deje la cultura a la intemperie de la economía excel, que la desagüe a deshoras de la vida cotidiana hasta que caiga en desuso. Su latido nos permite pensar preguntas y respuestas, en las que hay un fondo de voces que las hacen más humanas e inteligentes. La cultura es una mirada ética que siempre imagina el futuro de una realidad que empezar de nuevo. Exijamos comunicarnos con ella.
 

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