La familia es la primera escuela donde los padres, mediante el ejemplo y la labor correctiva, enseñan el respeto a lo ajeno para forjar una sociedad en la que predomine la honradez, consolidada después por otros educadores y por el propio entorno social.
Si así fuere, no temblaría el futuro de los trabajadores intelectuales y de todo aquel que dependa de la propiedad intelectual como medio para ganarse la vida, ahora que las nuevas tecnologías ofrecen, entre sus enormes ventajas, una también enorme facilidad para incautarse de la obra ajena, sea para apropiarse de ella o, simplemente, disfrutarla gratuitamente. Hoy, los pícaros se han alejado mucho de la figura socarrona y algo ingenua que perfiló el Lazarillo de Tormes o de los simpáticos y cervantinos Rinconete y Cortadillo, empeñados en la lucha por la supervivencia. Hoy, en la feroz competencia de una sociedad liderada por el consumo, las banderas enarbolan un único lema: "Todos mienten, todos roban" Y, como es obvio, nadie se alarma ante un atraco que parece tan natural como copiar en un examen. Sin embargo, autores y profesionales de la cultura tienen tan pocas oportunidades como un agricultor de secano, no ya de enriquecerse, sino de sobrevivir con el fruto de su trabajo. Y no solo son los más paupérrimos, sino que también han de contemplar cómo los codiciosos condenan cualquier intento de regular la función creativa, alimentados, eso sí, por los excesos de que hacen gala ciertas sociedades de gestión de derechos de autor. A los creadores solo les queda la ilusión de obtener el beneplácito de algún mecenas magnánimo en quien apoyarse, pero tales figuras pertenecen a un romántico pasado; lo que hoy se lleva es el astuto y despiadado pirateo.
Fuente: http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/opinion/las-pobreza-etica_866735.html