A FINALES de junio del año pasado la mayoría de los medios de comunicación españoles coincidía en situar en sus portadas el siguiente titular: España será en 2050 uno de los países más envejecidos del mundo. La noticia se hacía eco de un estudio sobre la natalidad de la Obra Social de La Caixa, coordinado por Gosta Esping-Andersen, catedrático de la Universitat Pompeu Fabra.
El porqué del envejecimiento de la población española guarda un estrecho vínculo con la baja tasa de fecundidad (relación entre el número de nacimientos y el número de mujeres en edad fértil, entre los 15 y los 49 años, en un periodo de tiempo): 1,3 hijos por mujer en 2014 en España; más baja la de Galicia, roza el 1,2.
Según el citado informe, "el bienestar de las sociedades depende, en gran medida, de su capacidad para mantener una tasa de fecundidad que les permita garantizar el reemplazo generacional y el crecimiento económico". El párrafo no tiene desperdicio, hace depender la marcha de la economía del aumento del número de habitantes y viceversa. El estudio de La Caixa constata, a su vez, que cuando el nivel de confianza en el futuro es positivo y los trabajos son estables, crece la natalidad". Las interrelaciones de causa-efecto son, pues, nítidas.
Por lo mismo, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, la igualdad salarial -mismo sueldo a igual puesto de trabajo- la conciliación de la vida familiar, no sólo favorecen la tasa de fecundidad, sino que estimulan el crecimiento económico. Y bien que lo saben los países nórdicos.
En España, ni el Gobierno actual, ni las élites dominadoras (recuerdan aquello que dijo la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol, de que ella no contrataría a una mujer en edad de poder quedarse embarazada), ni una parte de los empresarios, ni una parte de la sociedad sienten preocupación por erradicar esa desigualdad.
Lo cual es tanto achacable a una problemática de hondas raíces culturales, en las que el machismo y la misoginia están omnipresentes a lo largo y ancho de la historia, como a una falsa y farsa ética colectiva de valores frente a la explotación del ser humano y su versión más terrible: el esclavismo.
Ni que decir tiene que la crisis se ha cebado de manera particular con las mujeres trabajadoras por cuenta ajena por ser ambas cosas. Se está regodeando en el tipo y calidad de empleos que les ofrecen, y en las remuneraciones reales que perciben. Y por si esto no fuera suficiente, concluye en que sus salarios sean un 24 por ciento menores que los de los hombres. Peor todavía, un 34 % menos en la contratación a tiempo parcial. En consecuencia, señala el informe de UGT Trabajar igual, cobrar igual, en España hay dos millones de mujeres afectadas por una discriminación salarial extrema, la cuarta parte de la población laboral femenina.
El peso de las fuerzas reaccionarias continúa siendo grande, y es sabido lo que pensaban y piensan de ella, aunque se callen.
Fuente: El Correo Gallego