No es compasión: es justicia. Coral Bravo

Desde que nacemos, los entramados religiosos e ideológicos que nos circundan y que llamamos cultura nos inyectan poco a poco en vena la idea de superioridad de la especie humana, lo cual lleva parejo el desprecio, explícito o implícito, a la vida animal y a la natura. A nadie nos es ajena la sensación de identidad y fraternidad que todos hemos tenido en la infancia con respecto a los animales; los niños tratan a los animales como iguales, como seres diferentes, pero seres vivos y con dignidad. No nos comunicábamos con ellos con nuestro lenguaje, pero nos comunicábamos con otro mucho mejor, el del afecto y la complicidad.

Con el tiempo, y según nos vamos alejando de la infancia, el adoctrinamiento implícito en la educación y en las creencias colectivas nos va alejando de esa complicidad natural; y paulatinamente vamos relegando en la marginalidad de nuestra conciencia la consideración hacia esos otros seres que tanto beneficio nos aportan. Y rodeados de ritos, hábitos y tradiciones macabras que los someten, los marginan, los humillan y los explotan, vamos normalizando ideológicamente verdaderas aberraciones que se comenten en su contra. Los comemos, los torturamos, los esclavizamos, los utilizamos, los aniquilamos, les despojamos de su hábitat natural, los extinguimos, los matamos salvajemente, sin tener conciencia plena de lo que hacemos. Decía Schopenhauer, gran defensor de los animales, que los humanos hemos convertido el planeta en un infierno para ellos. Y ésa es la verdad.

El antropocentrismo cristiano es la raíz ideológica del desprecio a los animales y a la natura en Occidente. Todos recordamos haber aprendido en la clase de religión que “Dios hizo al hombre y puso a su disposición a la naturaleza y los animales para su uso y disfrute”. Con veinte siglos con esa soez ideología como base de nuestra cultura, no es nada extraño que a día de hoy sigamos siendo la especie más depredadora y destructiva de todas. Otras culturas sin base cristiana han considerado durante milenios, por el contrario, que la vida es una, que todos formamos parte de una totalidad integradora en la que todo lo que existe está interrelacionado. La mayor parte de las culturas precolombinas se situaban en esas coordenadas de espiritualidad solidaria y natural. Desafortunadamente, el cristianismo, como con tantas otras cosas, acabó con ellas.

Siempre ha habido, sin embargo, grandes seres humanos que han entendido la vida en profundidad y, con la consciencia plena de que toda criatura que existe tiene derecho a la vida, y la certeza de que todos somos producto de una evolución natural, no de una creación injusta y excluyente, han alzado sus voces en defensa de esos otros seres vivos con cuyas vidas vorazmente traficamos. Desde Leonardo Da Vinci a Saramago, pasando por Lincoln, Edison, Mark Twain, Gandhi, Darwin, Kant, Einstein, Ramón y Cajal, Unamuno o Galdós, grandes hombres y mujeres de la historia de la humanidad han reivindicado en sus obras y en sus premisas la dignidad y los derechos básicos de los animales, y han condenado el dolor atroz que los humanos les infligimos

El pasado miércoles, 26 de junio, Javier Moreno, cofundador de la organización animalista española Igualdad Animal, compareció en el Parlamento Europeo con la presentación de la campaña “Stop  Vivisection” , campaña que pretende acabar con la experimentación animal en Europa. Porque miles de animales sufren verdaderas atrocidades diariamente en laboratorios y en experimentaciones aterradoras destinadas al beneficio comercial de empresas y multinacionales, además de en los tradicionales centros de tortura animal que llamamos granjas, zoológicos, circos o mataderos. Porque sólo en Europa y sólo en el ámbito de la experimentación mueren en terribles condiciones de tortura, de sufrimiento y terrible dolor más de 12 millones de animales al año.

¿Qué tiene que ver este tema, tan ignorado por los medios, con la actualidad política? Todo. Porque tiene que ver con la paz. Aunque Europa esté dominada por el poder neoliberal que, como sabemos, ignora, incluso, el sufrimiento humano en aras de la hegemonía del poder económico, muchos ciudadanos europeos seguimos reclamando la paz… Porque sabemos que no habrá paz para los hombres mientras los animales vivan un continuo holocausto. Porque sabemos que tras el sufrimiento animal y el sufrimiento humano está el mismo horror y la misma perversión: “…el mismo derramamiento de sangre, el mismo olor a muerte, la misma arrogante, cruel y brutal decisión de acabar con una vida”, dice el activista norteamericano Dick Gregory. Porque sabemos que el respeto a los derechos animales va parejo y en estrecha interrelación con el respeto a los derechos humanos. Porque la crueldad que se ejerce contra las vidas animales indefensas legitima en la conciencia colectiva la crueldad, sin adjetivos. Porque sabemos que un mundo mejor es un mundo libre de crueldad y de exterminio de cualquier tipo. Porque, como dejó escrito Charles Darwin, el amor por todas las criaturas vivientes es el más noble atributo del hombre; es vergonzoso, decía Voltaire, que los clérigos y moralistas no eleven jamás su voz contra el dolor animal.  Y porque no se trata de compasión. Se trata de justicia. Y se trata de ética y de moral.

(Dedico esta reflexión a Tao, Nika, Cacho, Oso, Cosita, Cascabel,  a todos los animales que me han regalado su amor incondicional a lo largo de mi vida, y a todos los animales que sufren un infierno todos los días por la perversidad, la inconsciencia y la estupidez humanas).

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