De vez en cuando uno se pregunta qué estará haciendo la filosofía y a qué se estarán dedicando los filósofos. Román Cuartango lo explica en su último libro "Filosofía y experiencia conceptual" (Ediciones Universidad de Cantabria) que, a pesar del broncíneo título, resulta iluminador y, para nosotros, uno de esos ejercicios de lectura que nos ayudará a mejorar en el concierto de las naciones.
Les dejo aquí un par de tuétanos, en plan deberes para el fin de semana:
1. Muchas de nuestras inquietudes poseen una base conceptual. Pero algunas de ellas tienen que ver directamente con dificultades que se originan en nuestra (limitada) capacidad para concebir, por ejemplo, los diferentes y variables aspectos de la realidad. En ocasiones, dicha situa- ción llega a provocar cambios en la perspectiva desde la que se trata con el mundo. Este tipo de modificaciones en el equipamiento primario de ideas forma parte de la experiencia filosófica.
Durante largo tiempo, la filosofía pretendió fundamentar adecuadamente todos los demás saberes (las ciencias, por ejemplo) y reconstruir por completo la cultura misma. En el momento presente, ya casi nadie piensa que la filosofía constituya la base sobre la que aquella se levanta. Es más, semejante pretensión se achacaría enseguida a una recaída de la "enfermedad metafísica" ya superada. Pero esto no significa su final. Antes bien, la actividad terapéutica desarrollada ha permitido acumular enseñanzas sobre el peso de las teorías y también sobre los límites de cualquier aspiración al dominio de la realidad. De ese modo, ha contribuido a evitar las decepciones que se producen cuando aquellas son incapaces de proporcionar lo que se esperaba, liberando, al mismo tiempo, las capacidades adecuadas para ocuparse de ciertas características (de lo que es, al menos en tanto que posible) insinuadas en nuestras intuiciones cotidianas. Es así como la formulación de la teoría correcta acerca de lo verdadero o razonable es sustituida por el estudio atento de lo que hacemos cuando decidimos qué es correcto o razonable. La filosofía se sitúa, entonces, en una proximidad interesante con otras formas de explicación como la literatura o el arte.
2. El juego de la filosofía, el juego de la experiencia del pensar, se inicia con el supuesto de que el asunto del que se trata es algo meramente objetivo que puede ser establecido en una proposición o en un conjunto de proposiciones. Pero enseguida esta primera asunción se torna problemática. El pensar consiste en la exigencia de razones, lo que da lugar habitualmente al surgimiento de dificultades referentes a la "naturalidad" de lo aprehendido. Dicho de otra manera: cuando se intenta hacer efectivo lo presupuesto, usarlo, se produce un desplazamiento: no funciona adecuadamente o no da el rendimiento prometido. Aquello de lo que se trata implica ciertas condiciones subjetivas casi inapreciables que se encuentran en el origen del desarreglo mencionado. Por eso el tema se tambalea debido a un fundamento inestable. Una adecuada aprehensión, que supere la disfuncionalidad, exige una base más firme. El logro de esto último se encuentra condicionado por la capacidad de ampliar el punto de vista hasta abarcar lo presupuesto; es decir, que aquellas condiciones implícitas sean a su vez tematizadas. El pensamiento tiene que moverse, pues, escépticamente en un sentido muy radical: suspendiendo la validez de sus propias certezas y modos de proceder. El mencionado movimiento es lo que constituye la experiencia del pensar. Un camino de aprendizaje de lo que el propio pensamiento es y puede, pero que no se desarrolla mediante la introspección, sino en la prueba de la solidez de las certezas que proporcionan perfil a la cosa situada en el punto de mira. Aquí no se trata de adecuarse en un sentido empirista, sino deponer de manifiesto los entrelazamientos sin los cuales ni el sujeto puede ser sujeto ni tampoco el objeto objeto.
Fuente: El Mundo