El renombrado psicólogo evolucionista Steven Pinker ha escrito recientemente un editorial para el Boston Globe en el que defiende la utilización del “Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats” (CRISPR), una técnica de ingeniería genética consistente en la sustitución de fragmentos de ADN anómalos por otros sanos. Pinker señala que el potencial médico de esta tecnología es extraordinario, ya que evitará la aparición de diversas enfermedades causadas por alteraciones del material genético. El texto de Pinker ha armado un especial revuelo, no por su posición favorable a la modificación genética humana, sino por su provocadora opinión sobre el papel que debe desempeñar la bioética en este asunto.
Para Pinker la bioética perjudica más de lo que ayuda, pues es responsable del establecimiento de moratorias sobre tecnologías, como CRISPR, que podrían ayudarnos a salvar una gran cantidad de vidas. Partiendo de esta idea, defiende que el imperativo moral que la bioética debe seguir es el de quitarse de en medio y dejar de obstaculizar el proceder autónomo de la ciencia. Ahora bien, ¿ha de asumir la bioética este imperativo y guardar silencio para beneficio de la sociedad? A mi juicio, no. Esto por dos motivos. Primero, porque su concepción es demasiado estrecha y está influida por el recalcitrante conservadurismo de algunos comités estadounidenses. Segundo, porque seguir su imperativo impediría la expresión pública de un ámbito reflexivo de gran utilidad para comprender y afrontar algunos de los más importantes retos morales de las sociedades contemporáneas.
Respecto a su concepción reduccionista, Pinker piensa que la bioética debería limitarse a analizar las controversias morales generadas por los desarrollos científico-tecnológicos. Su función, entonces, sería la de evaluar los distintos argumentos en liza sin tener pretensiones normativas ni regulatorias. Esta opinión constituye una crítica a situaciones como la de la prohibición del uso de células madre embrionarias que avaló el comité de la presidencia de George Bush Jr. Sin embargo, el problema no es que se desarrollen argumentos a favor de una posición determinada. Lo verdaderamente reprochable es que se puedan crear comités ad hoc para respaldar las posturas afines a las de la presidencia y convertirlas en leyes. En tanto esto no suceda, la bioética debe proporcionar criterios racionales que sirvan de guía para la acción. En este sentido, tiene legitimidad para participar activamente en las controversias esgrimiendo argumentos de carácter moral.
Pinker también señala que debería dejar de oponerse al desarrollo de la investigación proyectando imágenes catastróficas y
apocalípticas más propias de la ciencia ficción que de una rigurosa argumentación. Si el bioeticista quiere actuar de manera responsable, no debería elucubrar futuros peores escenarios, sino realizar un cálculo de costo-beneficio para poder comparar las ventajas e inconvenientes del uso de una tecnología. Sobre esto pueden hacerse cuatro objeciones. La primera es que imaginar una catástrofe permite considerar si es preferible tomar medidas cautelares para evitarla o correr el riesgo en función de las pocas probabilidades de que suceda. La segunda es que también hay una gran cantidad de bioeticistas partidarios del uso de la ingeniería genética que no se limitan a presentar argumentos basados en cálculos de costo-beneficio. Si el imperativo moral está dirigido a todo el campo de la bioética, estos bioeticistas también deberían callar. A no ser que Pinker sólo quiera silenciar a quienes defienden posturas contrarias a las que él asume. La tercera es que la imaginación no es una facultad exclusiva de los pesimistas tecnológicos. Numerosos proyectos de ingeniería genética se justifican mediante ensoñaciones de un mundo con humanos mejorados en el que el sufrimiento y la muerte han dejado de ser una preocupación. Por último, reducir la función del bioeticista a la del experto en cálculo de costo-beneficio impediría analizar desde una perspectiva moral los distintos valores que se introducen subrepticiamente en la evaluación de los riesgos.
Esta interpretación equivocada ha llevado a Pinker a sostener que la bioética debe quitarse de en medio. Sin embargo, su verdadero imperativo moral es acompañar a la ciencia con análisis que fomenten y abran el debate sobre aquellas de sus prácticas que puedan afectar a la conservación, calidad y continuidad de la vida.