Tal vez con los calores tormentosos y atormentados del verano no sea el mejor momento para sugerir ciertas lecturas contundentes, pero he aquí una época con más tiempo y luz para memorizar actualidades.
En estos días, he leído diversos artículos del doctor en filosofía Enrique Bonete Perales. Artículos clarividentes que dejan realmente plasmada no una visión personal de lo que debe conformar la ética en la política, sino más bien un trasfondo intelectual a raíz del estudio de todas las corrientes filosóficas e intelectuales desde Platón hasta nuestros días.
Hace el profesor Bonete un decálogo en crisis, una especie de metáfora de esta época de recortes. La virtud -resumida- de esos mandamientos reza lo siguiente:
1) Principio de la receptividad: Todo político habrá de ser receptivo a las críticas y quejas de la ciudadanía, formuladas a través de diferentes procedimientos; uno de ellos, sin duda, los medios de comunicación. El rechazo directo de las críticas que susciten las decisiones políticas nos muestra un comportamiento político escasamente receptivo a la voluntad ciudadana y, por ende, de dudosa validez moral.
2) Principio de la transparencia: Todo político habrá de actuar explicando siempre las intenciones con las que toma sus decisiones, sacando a la luz pública lo que se pretende conseguir con ellas, por qué se toman, cómo se van a llevar a término… No han de existir dobles intenciones en la vida política. Constituye una obligación moral de todo político decir siempre la verdad a la ciudadanía.
3) Principio de la dignidad: Todo político habrá de actuar considerando a las personas implicadas en sus decisiones como fines en sí (Kant) y nunca como meros medios. La más grave inmoralidad en la que puede incurrir un político consiste en utilizar a las personas como instrumentos.
4) Principio de los fines universales: Todo político habrá de actuar distinguiendo con suma claridad lo que son intereses personales o partidistas, de lo que constituyen en verdad fines universales de una comunidad o una nación. Lo cual significa que aquellas decisiones o acciones políticas con las que se procura beneficiar a un partido político, son inmorales, aunque no sean por supuesto ilegales.
5) Principio de servicialidad: En todo gobierno hay quienes viven, como decía Weber, de la política y quienes viven para la política. Los primeros anhelan los cargos políticos como medios para acrecentar sus arcas particulares; mientras que estos últimos son quienes se entregan a la vida política como servidores de una causa.
6) Principio de la responsabilidad: Conviene distinguir entre responsabilidad moral, política y penal. Aunque simplificando, la última la delimitan los jueces, la segunda los parlamentarios o partidos, y la primera, además de estos, la ciudadanía y los medios de opinión.
Este decálogo de seis se sustrae del pensamiento desde Platón hasta Rawls, y creo importante recordarlo en estos instantes en los que nuestros representantes han de tomar una importante decisión. Juzguen ustedes si nos representan con ética.