Sana reacción, por PANCHO LEDO

MENOS mal que ha habido una reacción inmediata en todos los medios de comunicación contra los repugnantes comentarios aparecidos en Twiter y Facebook con ocasión del asesinato de la presidenta de la Diputación de León. Nunca pudimos imaginar que el sectarismo político pudiera alimentar tanto odio, tanta animadversión hacia el adversario, tanto rencor escondido bajo los pliegues del cobarde anonimato de la Red. Ha sido como un estallido de heces, una borrachera y una vomitona de los más bajos sentimientos que puede albergar el alma humana.
 
Suscribo todo lo que ha dicho Carlos Luis Rodríguez en esta página de EL CORREO GALLEGO del pasado jueves. La alarma ha sido total. Y esto, en cierto modo, reconforta. Salvo en el extremismo de la izquierda más radical, todos los partidos han condenado esta grave ofensa a la pacífica convivencia democrática; porque se puede y es lícito discrepar, pero no dar rienda suelta, bajo el disfraz de ideología o de indignación, a lo que no es más que un sentimiento oscuro y mezquino, propio de un asilvestrado por la política. Éste es el peligro cuando se predican doctrinas disolventes, empeñadas en construir un nuevo mundo sin valores morales ni reglas que encaucen la natural tendencia humana de hacer lo que a cada uno le peta. Y es también la consecuencia de resucitar entre los españoles los viejos demonios familiares, que nos han enfrentado en luchas fratricidas en demasiados períodos de nuestra historia. Con el odio no se construye nada. El odio es, por principio, demoledor y destruye lo que de bueno tiene cada persona en su almario.
 
Días pasados, el papa Francisco, en presencia del secretario general de las Naciones Unidas, invitaba a los responsables del mundo a "promover una verdadera movilización ética mundial que, más allá de cualquier diferencia de credo o de opiniones políticas, difunda y aplique un ideal común de fraternidad y solidaridad". ¿No sería posible que aplicásemos esta invitación a los políticos españoles, dada la situación crítica del país, tanto en lo económico como en lo político y en lo educativo? ¿No seremos capaces de enderezar el país por la vía de la concordia y el entendimiento, por encima de las discrepancias?
 
Es indudable que cada día que pasa se hace más necesaria la regeneración ética del país. Los responsables de la cosa pública deben hacer un alto en el camino y, desde ya, ponerse de acuerdo para desterrar de la noble lucha política cualquier atisbo de odio, todo intento de destrucción de la convivencia democrática. Hay que dar un no rotundo a los demoledores de la paz y de la concordia. Porque los valores universales que informan la sociedad del mundo occidental no deben quedarse en mera especulación de los "teólogos políticos", reducido su campo de acción al ámbito de las ideas y del pensamiento, sino que deben plasmarse en realidades vivas, hasta materiales si se quiere, para que el hacer político transcurra por los cauces de la ética y le cierre el paso a los sembradores de la discordia y el odio.
 
Hablamos mucho de igualdad y de libertad, pero ¿hablamos lo mismo de fraternidad? Algo está fallando en nuestra sociedad. Y no le echemos la culpa sólo a los políticos, que también; es la sociedad civil la que está en quiebra de valores morales. En todo caso, se ha constatado que esta misma sociedad civil es consciente de su enfermedad, que rechaza sin paliativos ni monsergas analgésicas. Sana reacción.
 

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